Mavecure, perdiendo el paraíso

La desmedida promoción turística que se le hace a los cerros de Mavecure contrasta con la realidad que refleja el muelle y las calles de Inírida la capital del Guainía, desde donde se hace la logística para su visita. La ausencia de una cultura de reciclaje es evidente y el problema de gestión de basuras ha desbordado su manejo. Los residuos se están tomando el paraíso.

Fotos ambientalmente costosas. Colombia 2025

 Tres meses después de haber planeado junto a Martín, Ángela, Francy y Jorge —amigos de antiguas expediciones—, visitar los cerros de Mavecure ubicados en el departamento del Guainía, nos encontramos el lunes 27 de julio de 2025 en el Puente Aéreo de Bogota a las ocho de la mañana, a la espera del vuelo de Satena rumbo a Puerto Inírida.

Mientras mis compañeros de viaje terminaban su café del desayuno, les entregué unas bolsas azules marcadas con sus respectivos nombres, las cuales deberían traer de regreso una semana después con los residuos de cada uno. Fue un planteamiento sorpresa, aunque estaban al tanto de que iba a dar unas charlas en Inírida, no sabían que serían los primeros participantes del proyecto NADA AL RÍO.

La idea era tener un viaje normal, sin restricciones, pero siendo consumidores consientes. Les expliqué que generalmente hacemos turismo a territorios tipo A       —lugares a donde podemos llegar por vía terrestre—, pero en este caso visitaríamos un territorio tipo B, al cual solo se puede llegar por vía aérea y fluvial, por lo tanto, sacar cualquier tipo de producto del territorio cuesta 1.5 dólares por kilo, lo que hace que todos los envases, empaques y residuos que se llevan y se generan en estos sitios terminen en los rellenos sanitarios o en el peor de los casos en las fuentes hídricas.

Mis compañeros fueron muy receptivos ante la propuesta hecha y se comprometieron a hacer el ejercicio, les tomé la foto para el registro de la actividad NADA AL RÍO a desarrollar en territorio guainiano y guardaron sus respectivas bolsas en los morrales antes de dirigirnos hacia la zona de embarque. 

 

Mecateando

Por una falla en la aeronave, el vuelo fue reprogramado y debimos esperar al avión que cubría la ruta Puerto Carreño-Bogotá para que nos llevara a nuestro destino. Por ser un retraso de más de dos horas, la aerolínea estaba en la obligación de ofrecer una compensación económica a cada uno de los pasajeros. Desde el mostrador de atención para el embarque fueron llamando por nombre propio a los viajeros para entregarles 8000 pesos, unos dos dólares a cada uno. Muchos de los pasajeros se enojaron con los funcionarios de Satena pues les parecía risible la suma asignada a comparación de el alto costo de los productos en el terminal aéreo.

Nunca en mi vida había sido compensado por el retraso de un vuelo y decidimos tomar con humor la situación y juntar nuestra pequeña fortuna para comprar un paquete de patacones, un pequeño queso y dos cafés. Dada la mala calidad del tinto que ya habían probado minutos antes en uno de los locales frente a la sala de espera, Martín y Jorge salieron de la zona de embarque a buscarlo, teniendo que hacer nuevamente el procedimiento de revisión policial para hacer el reingreso.

Estábamos muy contentos con nuestro viaje y nada nos haría perder nuestra emoción de ir a conocer los Cerros de Mavecure. La orden de abordaje fue dada y despegamos a mediodía. 

 

La llegada

La presencia de grandes cúmulos de nubes hizo imposible ver el paisaje. Transcurridos noventa minutos escuchamos al capitán dando las indicaciones de descenso y pudimos apreciar los meandros del río Guaviare y las grandes afectaciones en las comunidades aledañas por la inundación.  

Aterrizamos a la una y cuarenta de la tarde. Estábamos ubicados al final del avión, en las sillas de la fila 18, por lo tanto, fuimos los últimos en descender. Al entrar a la zona de reclamo de equipajes nos encontramos con una gran cola de personas haciendo el pago del impuesto de contribución turística, dinero recaudado según la pancarta detrás de los funcionarios de la alcaldía para el desarrollo social del municipio de Inírida.

El mal humor de algunos de los turistas fue manifestado al personal encargado del cobro de los 55.000 pesos después de intentar entrar al baño de la sala de desembarque en el aeropuerto César Gaviria Trujillo y encontrar un aviso informativo en la entrada que decía “Baños tapados, solo para orinar”.

—¿Será que no les alcanza la plata para arreglar los baños? —exclamó alguien en la fila, afirmando adicionalmente que por lo menos tenían consideración con los gringos pues estaba traducida la información al inglés.

Salimos del aeropuerto y tomamos un par de motocarros, el transporte oficial de Inírida. Jhony un indígena de la etnia Puinave —el conductor de uno de ellos—, muy amablemente nos dio la bienvenida a su ciudad y nos llevó hasta el hotel a unas cuantas cuadras de distancia.

En la recepción estaba don Joaco, un hombre de unos setenta años oriundo de Calarcá Quindío, quien llevaba veinticinco años en el Guainía y los últimos trece con su emprendimiento el Hotel Cabaña Guainiana. Don Joaco le impartió la orden a Verónica —la auxiliar de habitaciones— de darnos un refrescante vaso de jugo de copoazú, la helada bebida de la casa.

Verónica nos entregó nuestras cómodas habitaciones y aceptamos la sugerencia de don Joaco de ir a almorzar en el restaurante Sarapata en su nueva ubicación temporal pues su sede habitual estaba bajo el agua de la creciente del río Inírida.

 

Aguas Altas

Un increíble plato de dorado frito selló con beneplácito nuestro tardío almuerzo. Habíamos reafirmado que comeríamos muy bien en nuestra estadía en tierras guainianas. Nos despedimos de los dueños del restaurante, prometiéndoles regresar y nos dieron las indicaciones del camino hacia el muelle.

Caminamos un par de cuadras hasta que Jhon Pinto el dueño de un motocarguero se ofreció a llevarnos para evitar mojarnos en el caño inundado que estaba cuadras más adelante. La altura del agua daba a la mitad de las ruedas de los vehículos y todos pasaban con precaución.  

En el muelle la inundación tenía cerradas dos cuadras de locales comerciales. Un viejo camión Dodge de cabina roja estaba con el agua a la altura de la transmisión trasera y de él descargaron los enseres de una familia directamente hacia un bote, mientras que detrás de ellos sobre la acera, una señora con escoba en mano trataba de sacar el agua de su panadería.

Sobre la plazoleta del mirador del río, la imagen no podía ser más contrastante, las voluminosas letras de “Yo amo Guainía” para la foto de los visitantes y metros más adelante al mirar sobre la baranda se podía apreciar la colorida escultura de cuatro indígenas abrazados como ayudándose para pasar a suelo firme, mientras que los de las esquinas con sus manos extendidas pareciera se defendían de la basura que flotaba en el río.

La desoladora escena me llevó a preguntarle a dos alumnas del Colegio Custodio García Rovira que se encontraban en el lugar sobre la gran cantidad de residuos en el agua y me respondieron con un contundente, —Hoy hay poca basura—.

Botellas plásticas, trozos de bloques de icopor y desechables giraban lentamente en las anegadas escaleras del mirador ante la indiferente mirada de los residentes. Les dije que con un atarrayazo podrían recoger toda esa basura flotante y solo se atrevieron a afirmar, — ¡Aquí, a nadie le importa la basura! —.

 

Reconociendo el problema

Un gran número de tablas apoyadas sobre canastas plásticas de cerveza, eran parte del camino para llegar al muelle flotante La Piragua, desde donde se hacía el despacho de embarcaciones con carga y pasajeros. A un costado de su entrada una gran pancarta invitaba a cuidar el medio ambiente como deber de todos, pero lo que se podía apreciar alrededor era una muestra total de indiferencia con basura flotando alrededor.

Regresamos a tierra firme y subimos lentamente hasta el Parque Flor de Inírida donde el panorama era igual de desalentador. Residuos tirados por todos lados. Mis compañeros de viaje no podían entender la falta de cariño por el cuidado de la capital del Guainía, la denominada “tierra de muchas aguas”, donde era más que evidente que la mala disposición de residuos se estaba convirtiendo en una amenaza ambiental y la estaba llevando a convertirse en la “tierra de muchas basuras”.

En una ciudad con una población cercana a las 40.000 personas ningún programa de recolección será eficiente sin la participación ciudadana. No se trata de recoger más seguido, sino de ensuciar menos y evitar que algunos habitantes arrojen sus residuos en humedales, caños y calles.

La parada en una licorería rumbo al hotel, llevó a mis compañeros a hacer su primer consumo de cerveza de una manera consiente, en lata. Mientras la disfrutaban, un reciclador llegó a buscar material entre los contenedores.

El delgado hombre se llamaba José, me dijo que llevaba cuatro meses en la ciudad y que venía desde Puerto Carreño donde tambien trabajaba como reciclador. Me contó que en Inírida era más abundante el material de reciclaje, pero solo compraban las latas de aluminio a 4500 pesos el kilo y las botellas PET a 1200 pesos.

Mientras sacaba de las canecas lo que le servía, ponía las botellas de vidrio en unos costales. Le pregunté que iba a hacer con ellas respondiéndome que la empresa de servicios APC encargada de la recolección las llevaba para el relleno sanitario. José me solicitó algo de tomar y le dije que pidiera lo que quisiera, saliendo de la licorería con una Pony Malta en botella plástica. Dialogamos un par de minutos de lo arduo de su trabajo durante todo el día y al terminar su refresco lo depositó en los costales de las botellas de vidrio. Le pregunté por qué no se lo llevaba y me corroboró la información de los recicladores en Bucaramanga mi ciudad de residencia, —esas, no las compran—.

 

Conversatorio vs realidad

Los empleados de la oficina de cultura de la alcaldía de Inírida habían convocado la charla para el día 29 de julio a las 8:30 de la mañana en el auditorio de la Institución Educativa Custodio García Rovira, haciendo la invitación extensiva a funcionarios de la CDA —Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico­— y de la APC —Empresa Aguas del Guainía—. Por mi parte había invitado al profesor Edgar Gonzales de la Institución Educativa La Primavera a quien le llevaba unos libros ilustrados que le enviaba un amigo desde Bucaramanga.

Sobre las ocho de la mañana ingresé al colegio en busca del auditorio situado a un costado de las canchas cubiertas. El jardín adyacente de la cafetería frente al auditorio, estaba recién podado y en el suelo era fácil apreciar una capa de trozos plásticos de envoltorios de alimentos que por su estado y decoloración se veía que llevaban mucho tiempo en el lugar. Ya hacían parte del terreno.

El profesor Edgar llegó acompañado de Wilter Grisales el esposo de una de sus colegas y una treintena de niños, me dijo que eran sus alumnos y que su colegio estaba a un par de cuadras del lugar y aprovechó para traerlos y que escucharan la charla pues quería concientizarlos sobre la correcta disposición de los residuos en sus casas, colegio y su ciudad, y fue enfático en querer hacerlo en ese orden. Un grupo adicional de estudiantes con sus respectivos maestros se unió al conversatorio y durante hora y media discutimos el propósito de cuidar el agua.

NADA AL RÍO es una estrategia educativa y de comunicación que busca sensibilizar a los ciudadanos sobre la problemática medioambiental y el deterioro acelerado de nuestras fuentes hídricas. La contaminación es sin lugar a dudas, el mayor problema al que nos enfrentamos en nuestro afán de desarrollo y crecimiento económico y lo que se busca es que los asistentes visibilicen el problema y generen posibles soluciones y cambios de comportamiento en los habitantes de su territorio.

El final de la charla se realizó con los funcionarios públicos que reiteraron la falta de compromiso en el manejo de residuos sólidos por parte de los residentes de Inírida y la necesidad de capacitación sobre el manejo de basuras a las comunidades indígenas en su territorio. Wilter me esperó hasta el final del conversatorio con el propósito de que lo acompañara a ver el desastre de basuras en el puerto. Él era mecánico de motores fuera de borda y tenía un taller a orillas del río Inírida que estaba bajo agua con más de diez motores sumergidos, que debía vigilar diariamente y le daba impotencia el ver bajar frente a su local islas de basura a la deriva.

Salimos del colegio y me subí a la parte trasera de su motocicleta. Wilter condujo hábilmente esquivando un gran número de motocarros en cercanías de la zona comercial de Inírida. Parqueó su moto frente al local de un conocido y me condujo por una de las inundadas calles hacia el río. La calle fungía de embarcadero temporal de carga y pasajeros, donde una docena de lanchas metálicas esperaban su turno. Wilter caminó muy despacio por la inundada acera, tratando de que el agua no sobrepasara el nivel superior de su bota pantanera. Cuando llegó al final de la calle, silbó en repetidas ocasiones para llamar a su ayudante.

El hombre llegó un par de minutos después remando en un pequeño bote de fibra de vidrio. Nos subimos a él y lentamente fueron señalándome a lado y lado de la inundada calle los montículos de basura represados. El agua estaba a media altura de los locales comerciales. Extensos lotes de trabajo estaban abandonados ante la imposibilidad de realizar cualquier tipo de actividad.

Sobre la superficie del agua se podía ver fácilmente infinidad de botellas de múltiples colores flotando formando islas que se acumulaban con el resto de desperdicios sólidos que la gente tiró al río. Plásticos, latas, botellas, costales, empaques de cartón.  Era un cuadro desgarrador el ver tal cantidad de elementos flotando sobre el río Inírida.

Wilmer me dijo que la gente trataba al río como el carro recolector de la basura y que antes de irme debía ir al botadero municipal. Lentamente me llevaron hacia la esquina de una de las cuadras inundadas para salir por el mismo lado por donde habíamos entrado.

Tomé un motocarro en busca de mis compañeros que estaban nuevamente en el restaurante Sarapata. Después de disfrutar de otra exquisitez típica decidimos partir hacia Caño Vitina, uno de los balnearios más frecuentados por los habitantes de Inírida por estar a tan solo veinte minutos en motocarro.

El botadero municipal quedaba en la ruta, Jonatan nuestro conductor se ofreció a hacer un pequeño desvío hasta el lugar. En la reja de entrada del sitio llamado “El Colibrí” un par de hombres me dijeron que no tenían autorización para dejarnos entrar, y la verdad no hubo necesidad de hacerlo. La gente se tomaba la molestia de cargar la basura en algún tipo de transporte y arrojarla sobre la vía antes de llegar al botadero. Un desastroso panorama era ver esa cantidad de residuos sólidos tirados sin consideración. Restos y escombros de obras de construcción, basura doméstica y orgánica arrojados en diversos montículos a pocos pasos de distancia uno de otro a lado y lado de la vía de dos kilómetros hasta llegar al cruce hacia caño Vitina.

 

Sin meterse al agua

Ángela había quedado trastornada por la realidad de las fotos que había visto en la conferencia de la mañana. Siendo ella la primera en meterse a cuanto charco encuentra, no fuimos capaces de convencerla de bañarse en Caño Vitina, un hermoso cauce de agua rojiza teñida por los taninos de los árboles con demasiadas casas alrededor.

Un par de niñas indígenas de la comunidad jugaban en el agua con una pequeña canoa al lado de un bonito estadero en madera. Saqué mi careta para verificar la profundidad del caño encontrando algunos recipientes plásticos sin tapa en el fondo. Jorge fue por su cámara de acción para hacer unas fotos del grupo y le solicité una foto bajo el tablado del estadero.

Por ser un sitio tan concurrido el fin de semana, creería que las autoridades les han solicitado la instalación de sanitarios para los visitantes, pero la salida de esta cañería de PVC de dos pulgadas de diámetro por cinco metros de longitud descarga directamente al sitio donde la gente se baña. Esta misma situación se repite una y otra vez en las diferentes cuencas de las fuentes hídricas en todo el país. Metros más arriba captan agua para su consumo, y un poco más abajo la gente se divierte en sus aguas, las consume y las contamina. Ángela estaba en lo cierto por abstenerse a su chapuzón.

Los dueños de los estaderos acuden a la publicación de avisos en el lugar solicitando a sus visitantes encarecidamente llevarse su basura, entienden que tienen un problema. Ganan algo de dinero con la gente que los visita quienes consumen y disfrutan de las aguas, pero se marchan dejándoles el problema en las canecas. No tienen un adecuado sistema de gestión de residuos, solamente un contenedor donde la gente deposita las botellas de vidrio y las latas de cerveza, y una jaula en malla metálica en forma de botella donde colocan los envases plásticos y empaques de alimentos. Lo único que se llevan para reciclar son las latas, las botellas plásticas deben esperar según ellos por meses hasta que las autoridades dispongan su recolección. Todo lo demás termina enterrado en un hueco cerca del sitio y queman lo que pueden.

Acortamos nuestra estadía en el caño y llamamos a Jonatan para que nos llevara de regreso al hotel. Tras un breve descanso nos dirigimos hacia el centro de la ciudad y caminamos por otro sector. Encontramos una vía con acceso al río donde había un embarcadero flotante y una especie de muelle de servicio de carga con muchas lanchas alrededor. La mala disposición de las basuras en el entorno hacía más que evidente la falta de sensibilización de algunos de los habitantes de Inírida por la contaminación de sus fuentes hídricas y humedales urbanos.

Regresamos caminando al hotel lentamente por una calle diferente encontrando la misma situación, cúmulos de basura normalizados en cualquier lugar. Como visitantes nos sentíamos apesadumbrados de ver el escenario real y descarnado y esperábamos que nuestro desplazamiento hacia Mavecure al día siguiente cambiara el panorama.

 

Navegando a los cerros

Jorge había coordinado la logística de viaje a los cerros con Arcángel Agapito Luzardo un operador turístico de la etnia Puinave. Debíamos alquilar una lancha por tres dias con conductor y combustible. La salida se programó para las ocho de la mañana en el muelle flotante frente a la inundada calle principal del puerto.

La salida se demoró un poco mientras compraron dos pimpinas de veinte galones de gasolina cada una y la trajeron al hombro por el entablado hasta el muelle. Felipe se presentó como nuestro capitán de embarcación hacia Mavecure.

Tardamos unas dos horas en navegar cincuenta kilómetros río arriba hasta llegar a la base del cerro Pajarito en la comunidad El Remanso. Desembarcamos y Felipe nos dirigió hacia la cabaña de Alejandrina, quien se presentó como nuestra encargada de comidas en la reserva. Dejamos nuestras maletas en las respectivas habitaciones construidas en tabla, provistas de un catre en madera con un colchón y su respectivo toldillo.

Alejandrina nos sorprendió con su esquicito sazón en nuestro primer almuerzo. Reposamos un poco y tomamos el bote para pasar al otro lado del río hacia la comunidad El Venado desde donde se hace el acceso al cerro de Mavecure.  Ancizar era el indígena de la comunidad que estaba de turno cobrando el valor de la entrada, dando las instrucciones de permanencia en el cerro y verificando el utilizar a uno de los guías de la comunidad.

Empezamos el ascenso con Julio el guía de turno acompañado de su perra Lola. Julio nos explicó la dificultad inicial para subir por la dura roca con algunas pendientes pronunciadas que en algunos sectores estaban provistas de una cuerda para facilitar el recorrido. A medida que se va subiendo la perspectiva sobre el rio y los cerros va mejorando proporcionalmente a la pendiente. En una parte del trayecto se debe utilizar unas escaleras en madera donde Julio tuvo que alzar a Lola para poder sortear el paso.

Tras una hora y media de recorrido se llega a la cima. La vista desde arriba es sencillamente espectacular y se tiene de frente al otro lado del río a los cerros Mono y Pajarito. Llegamos pasadas las cinco de la tarde y nos dispusimos a hacer nuestras respectivas fotos de grupo. Estábamos solos en el cerro, asi que pudimos esperar el atardecer para hacer el descenso con linterna y planear el ascenso al día siguiente.

Alejandrina nos esperaba con la suculenta cena en el hospedaje y programamos el desayuno del día siguiente para las nueve de la mañana después del descenso.  Algunos de los pobladores de la comunidad se reúnen en las tardes en el polideportivo y duran allí hasta las nueve de la noche, hora hasta la que funciona la energía eléctrica en el Remanso.

Después de una excelente noche de descanso, abordamos la lancha a las cuatro y media de la mañana para repetir la subida. Cecilia la dueña del pequeño kiosco de refrescos en la entrada de la comunidad del Venado fue nuestra guía de madrugada. Cecilia nos recomendó los puntos fotográficos en el amanecer, teniendo una experiencia completamente diferente a la del día anterior al tener los cerros iluminados de frente. Las grandes tomas del amanecer se vieron opacadas al encontrar basura camuflada entre los matorrales en la parte superior del cerro. No era cualquier tipo de basura, eran los manuales de manejo de un dron. Alguien había decidido estrenar un dron en Mavecure llevándose las mejores imágenes de su vida, pero dejando escondido dentro del pasto los folletos de manejo que ya no le servían.

Estuvimos por espacio de dos horas en la cumbre, haciendo fotos y poniendo en nuestras bolsas azules lo que no pertenecía al lugar, tiempo durante el cual Cecilia nos tejió un oportuno abanico para cada uno, el cual utilizamos para repeler la gran oleada de zancudos de la mañana.

 

Actividades complementarias

Bajamos muy complacidos del lugar, el clima y la luz para las fotos habían sido perfectas. Después de ser atendidos por Alejandrina en su fantástico desayuno, le pedimos a Felipe que nos llevara al caño San Joaquín a un par de kilómetros río arriba.

El refrescante caño de rojizas aguas estaba muy crecido. Disfrutamos del sol y el agua por espacio de una hora y decidimos aventurarnos a caminar sobre la gigantesca laja de granito negro, que hace parte al igual que los cerros del Escudo Guayanés y apreciar la sorprendente vegetación que crece sobre ella aferrándose a las pequeñas grietas disponibles.

En la tarde luego del almuerzo el turno de guianza fue para Alirio quien nos llevó a caminar atravesando toda la comunidad a visitar cerro Diablo, uno de los hermanos menores de los cerros de Mavecure.

A la mañana del siguiente día decidimos por unanimidad regresar a refrescarnos al caño San Joaquín. En la tarde, posterior a un fastuoso bagre moqueado preparado por Alejandrina, coordinamos con Don Orlando el guía de turno, la caminata para dar la vuelta al cerro Pajarito.

 

La nueva Charla

El viernes en la noche tuve la oportunidad de hablar con Luis el profesor encargado de la institución Educativa José Celestino Moreno, y contarle mi intención de hacer la charla antes de partir al día siguiente. Luis me dijo que no tenia problema, pero debía pedir autorización al capitán de la comunidad.

En el polideportivo jugaban un partido de fútbol y allí se encontraban gran parte de los hombres de la comunidad el Remanso. Entre los espectadores estaba el esposo de Alejandrina quien me dijo que el capitán no se encontraba en el lugar pero que en la mañana temprano tendrían la acostumbrada reunion sabatina de comunidad y que me buscaría el espacio para solicitar el permiso en ella.

Muy a las siete de la mañana me senté en la parte posterior de la maloka. La reunión ya había empezado. los hombres estaban distribuidos en las bancas de adelante, mientras que las pocas mujeres asistentes al lado izquierdo. El capitán hablaba en puinave y unos veinte minutos después comenzaron a mirar de reojo hacia donde yo estaba sentado.

El capitán me señaló y con su mano me invitó a pasar adelante. Comenzó a hablar en español diciéndole a los asistentes que yo era un visitante que traía un mensaje sobre el manejo de basuras en el territorio. Pude explicar brevemente el objetivo de la charla y comenzaron a hablar nuevamente en Puinave. Percibía la euforia de algunos y la pasividad de otros en el inentendible diálogo. Un par de minutos después el capitán me comunicó que obtuve la aprobación de la comunidad para la charla y que se haría en el colegio a las ocho y media de la mañana.

Salí de la maloka a comunicarle al profesor que teníamos el permiso y que debíamos probar la presentación. El salón del colegio estaba dotado con dos modernas pantallas de proyección donadas por un turista asiático, Luis me dijo que no las habían usado mucho y que desde su computador se podía conectar inalámbricamente.

La reunión empezó a las nueve de la mañana con la presencia de unos veinte miembros de la comunidad que se cuestionaban la razón de que un grupo de visitantes depositara toda su basura en unas bolsas azules. Con el transcurso de la presentación fotográfica el mensaje se fue aclarando. Ángela pasó adelante y depositó el contenido de su bolsa personal en el suelo ratificando que todo lo llevaríamos de regreso a casa e invitando a compartir esa idea con los futuros visitantes para que no les dejaran basuras en su comunidad.

Los miembros de la comunidad están consientes de que el turismo les ha traído posibilidades reales para el sustento económico de sus familias, pero generaron un creciente problema con el aumento de basuras y aguas residuales sin tratar.

 

Despidiendo el territorio

Alejandrina se lució con el almuerzo de despedida y nos comentó que tuvo que pedir ayuda en la cocina pues tendría cuarenta visitantes que alimentar. Nos tomamos las fotos de rigor y embarcamos a las dos de la tarde de regreso a Inírida.

El trayecto nos tomó una hora y cuarenta minutos, regresamos al Hotel Cabaña Guainiana de Don Joaco donde programamos la actividad del día siguiente para visitar la Estrella Fluvial del Inírida.

El domingo a las nueve de la mañana salimos en el bote con Tomás nuestro nuevo lanchero. Iniciamos el recorrido río abajo hasta donde se unen los ríos Inírida, Guaviare y Atabapo, dando origen al río Orinoco. El alto nivel de las aguas hizo poco apreciable el cambio de color de las mismas. Hicimos algunas paradas y entre ellas la del antiguo campamento militar hoy en manos del resguardo indígena del Atabapo.

Regresamos a Inírida pasada la una de la tarde, sería nuestra última noche en el Guainía y nos dejaba el sin sabor de haber visitado un espléndido territorio que se volcó a masificar el turismo dejando de lado la problemática medioambiental que pasará factura más temprano que tarde.

Mis compañeros de viaje hicieron la tarea. El lunes, en el Puente Aéreo de Bogotá verificamos el contenido de las bolsas de una semana de viaje en un territorio tipo B. La cantidad de elementos fue poca, producto de un consumo consciente, responsable, pero sin privaciones que hacen que la propuesta se pueda replicar sin dificultad alguna y todos podamos decir en un futuro, YO REGRESO A CASA MI BASURA.