De Cáchira a Cachirí. Parte 2

Carmen de Nazaret es un pequeño corregimiento situado en medio de las montañas Norte Santandereanas al cual llegamos a las seis de la tarde. Las indicaciones de los habitantes nos llevaron a la casa de don Víctor, una humilde vivienda que servía de hospedaje para los campesinos que bajaban  de sus veredas al pueblo a comerciar sus productos. Don Víctor nos explicó la situación actual de su casa donde dejo de recibir huéspedes ante la falta de apoyo para el mantenimiento de la misma por parte de la alcaldía en la época de la violencia de la zona.

Montañas, santos y agua. Colombia 2014

 

En su casa don Víctor tuvo despensa de abarrotes pero ante el tener que surtir de mercado a los grupos beligerantes sin recibir pago alguno debió cerrarla para evitar problemas. Nos acomodamos en un pequeño cuarto con seis camas y nos presentó a su familia compuesta por tres pequeños hijos y su esposa Hermelinda de hablar rápido e intraducible. Después de disfrutar la comida ofrecida por la familia comprometimos a doña Hermelinda a faltar a su misa dominical de seis campanazos para que nos hiciera el desayuno y acordamos el pago de hospedaje y comidas por 20.000 pesos por los dos, suma que consideramos razonable pues quería cobrarnos solo la mitad.

El baño de la casa no tenía cisterna, poseía un sistema que había conocido en la Sierra de la Macarena donde también abundaba el agua y con una llave de bola le daban paso directo al agua del depósito superior con unos mil litros de capacidad. Doña Hermelinda nos preparó el desayuno con el distorsionado ruido de fondo de la misa dominical escuchada en el pequeño televisor que fue reparado por su marido, que también ejercía las funciones de radiotécnico en el pueblo. El llamado para el caldo con arepa del nuevo día y las bendiciones de doña Hermelinda nos despidieron de Carmen de Nazaret con una leve lluvia sobre el poblado que parecía haberse construido sobre unas escaleras por la fuerte inclinación de sus pocas calles.

Gramalote en ruinas

Como nos pronosticó don Víctor la noche anterior pudimos apreciar el fuerte movimiento del pueblo donde había más motos que personas. A nuestra salida encontramos infinidad de ellas dirigiéndose hacia Nazaret. Gente amable que nos saludaba y pitaba a nuestro paso en sus motocicletas. La ruta hacia Gramalote se vio enmarcada de florecidos jardines a borde de carretera, cultivos de naranja, maracuyá, plátano. Los lugareños nos ofrecieron Mandarinas, toronjas, guamas y hasta canciones. La fe religiosa de estos trabajadores del campo se apreciaba en la cantidad de grutas que elevan como ofrenda a sus santos, elaboradas en roca, ladrillo, concreto, madera y hasta plástico. Ante mi ignorancia de una de las tantas imágenes del camino que tenía doble protagonista, la vendedora de arepas rellenas me indico que se trataba de la santísima trinidad, pues la paloma también contaba.

Llegamos a las diez y media de la mañana a Gramalote el pueblo Norte Santandereano destruido por el deslizamiento de su suelo, solo quedaba el terreno de las casas y la torre a punto de derrumbarse de su destruida iglesia. Los habitantes rescataron de las construcciones sus pertenencias, además de tejas, puertas, ventanas y ladrillos para reconstruir en sitios cercanos pequeños campamentos provisionales mientras el gobierno les define el sitio para la reconstrucción de su pueblo. Seguimos las motos hacia la parte superior del pueblo y para nuestra sorpresa encontramos un barrio casi intacto y al preguntarle al técnico dominical de celulares por esa situación solo respondió que los de arriba eran más creyentes. Observamos en un cartel de un restaurante una vieja imagen de Gramalote donde mostraba todo su esplendor y comprendimos la renuencia de algunos a no querer irse de lo que quedaba de su terruño. Como todos los domingos los campesinos bajaron con sus mulas cargadas de productos agrícolas para venderlas y llevar el mercado a sus casas. Muchos de  los antiguos habitantes del pueblo aún continuaban con la tradición  de mercar en lo que queda de su pueblo y de allí partían a los albergues temporales, con cara de definitivos que ya cumplían cuatro años.

Un suave descenso de trece kilómetros sobre vía pavimentada y llegamos al cruce de caminos que conducía a Salazar de las Palmas o Cúcuta nuestro destino al final de la jornada. Vendedores ambulantes y estacionarios hacían de los paseantes sus clientes de trayecto, ante un acalorado medio día, un vendedor de paletas sin mediar palabra nos rebasó y estacionó delante de nuestras bicicletas haciendo una venta segura. En Cornejo paramos a comernos una gigantesca torroja una especie de frita de harina de trigo con queso rallado y mermelada de mora. El incesante calor de domingo, combinado con la celebración del día del padre mostraba el lleno completo de todos los balnearios en la ruta, fuerte tráfico y el agosto de los vendedores de pescado y de cucas con queso.

 

La comadre

A Mary la conocí en 1995, desarrollando un contrato de muebles para la empresa Vitrinal del Norte en Cúcuta. Durante cuatro agotadores  meses construimos, ensamblamos y despachamos 77.100 sillas y 25.690 mesas de mobiliario escolar. Ella era la jefe de Iván su esposo y coordinaban a la perfección el ensamble de las partes de madera sobre las estructuras metálicas. Coordinábamos el trabajo de algo más de 200 operarios en tres turnos y ella con su equipo del departamento de madera jamás me fallo en la producción ni la entrega de los pedidos. El hacerle una merecida visita de esas que siempre prometo y me demoro años en cumplir, sin avisar y sin programar era el paréntesis de la travesía.

Casi que por osmosis llegue a su casa en el barrio Motilones, no tenía su teléfono y no había nadie en la casa. Recurrí al pequeño internet del barrio buscando el contacto de la Ahijada Mary Paulina y al comunicarme con ella me conto que estaba visitando a sus padres en Cúcuta. Nos encontramos en la casa de los suegros de Mary ante la  risueña sorpresa de vernos  llegar en bicicleta. Retornamos a su casa bajo un tremendo aguacero, de esos que forman arroyos pero que solo duro dos minutos. Mary nos presentó con Mafe y Manolo sus dos perros guardianes, pues debían atender un corto compromiso familiar mientras nosotros cambiábamos nuestro sudoroso olor y lavábamos nuestra ropa.

A su regreso acomodamos nuestras bolsas de dormir en la sala de la casa, al lado de muebles embalados para entregar. De haberle avisado mi visita a Mary con tiempo estoy seguro que me habría fabricado cama, comprado colchoneta, estrenado tendidos y desocupado el lugar. Nos preparó carne con arepa y hablamos hasta tarde de sus nuevos proyectos y contratos con la promesa de un suculento desayuno al día siguiente.

La Rampuchada es un delicioso caldo de pescado preparado con el Nicuro, Burro o Rampuche como se conoce en el Norte de Santander. Cuando el pescado esta cocido se le adiciona leche hervida y un guiso de cebolla, tomate y poco cilantro. Cuatro fogones encendidos para este plato incluyendo el del café, licuadora con jugo de uchuva, lavadora encendida, lavado de patio, comida para los perros, doblado de ropa, gotas en los ojos para Mary Paulina y mi comadre aún tenía cabeza para estar pendiente de los obreros a despachar, los trabajos del día y como hacer el ensamble de muebles especiales. –“Comadre usted maneja muchas revoluciones” le dije. Era increíble ver su capacidad de efectuar múltiples tareas al tiempo y que todas le salían bien. Compartimos la energizante Rampuchada en familia incluyendo a dos de sus empleados, para Memo era un sabor nuevo, listo para emular en su casa con sus excelentes dotes culinarias. Partimos con la promesa de regresar pero avisando, vista que hare pero nuevamente de sorpresa.

 

Agua Caliente

Memo quería ir a las termales del Raizón cerca de Bochalema  a unos 43 kilómetros de Cúcuta. Tomamos la vía a los patios atravesando la ciudad, encontrando una incipiente ciclovía de día festivo donde  los auxiliares recolectaban firmas para poder conservarla y ampliarla unas cuantas avenidas. “Más vías para los carros” o  será mejor mas bicicletas para mejorar la movilidad de todas nuestras ciudades que poco a poco se congestionan. Un taxi paró abruptamente delante mío en la salida de un intercambiador, Memo me grito y para mi sorpresa era mi cuñada que regresaba a Bucaramanga  con sus hijos. Una rápida foto y el taxi continúo su recorrido y nosotros el de una avenida con esporádicos ciclistas en la vía. Tardamos más de una hora en salir de la ciudad hasta tomar la nueva doble calzada que sale de Cúcuta. Nuestra primera paleta del día fue en el supermercado Corozal sobre la vía, que aún conservaba buenos precios de mercancías traídas de Venezuela sin el inconveniente de luchar por  pasarlas a nuestro país.

El tedioso rodar por el pavimento duró hasta mediodía cuando llegamos al Azufral la segunda termal en el Raizón. Por 12.000 pesos pudimos disfrutar de una tarde de azufradas aguas termales, en una piscina y baño de barro, con magnifica atención y comidas para todo gusto. Este merecido descanso compartido con múltiples familias de historias diferentes que buscaban algo de alivio a alguna dolencia particular termino tres horas después cuando retomamos nuestra ruta a Bochalema a buscar hotel.  

Chinácota el veraneadero de los Cucuteños ha perdido fuerza por sus altos precios y gigantescas cabañas, tomando como segunda opción la sosegada vida en Bochalema. Una papa rellena o empanada de 700 pesos era el augurio de un pueblo que todavía no había sido contaminado por el turismo de masas que siempre termina siendo perjudicial para los habitantes regulares de sus pueblos. Preguntamos por opciones de alojamiento y terminamos en el hotel de doña Nohora una amable mujer con la que regateamos el precio de la habitación que por estar en temporada baja nos dejó en 20.000 pesos por persona. Le encargamos la comida y después de una fría ducha y cambio a ropa de turista salimos a conocer el pueblo.

Unos cuantos helados de palito más tarde regresamos al hotel a disfrutar el delicioso caldo que nos había preparado doña Nohora con doble huevo y doble arepa. Le pregunte a Clara su nuera sobre la ruta y llamo a Edwin su esposo  quien se acomodó en nuestra mesa contándonos de sus locuras infantiles por las trochas cercanas a Bochalema. Al contarle mi intención de buscar una vía hacia Cucutilla el me dio todas las indicaciones de ruta y su aval para salir a buscar la paisajística ruta de su infancia. Dormimos con el sonido agudo de las campanas del pueblo tocando puntualmente cada hora y con el cambio brusco  entre los 12 campanazos que marcaron la media noche y el único de la una de la mañana. Para el desayuno doña Nohora repitió el sabroso menú de la noche anterior y nos regaló 4 mangos del árbol de su patio para el camino.

Sin fotos