Carrilera…era. Parte 4

Sin muchas ganas de llegar a Medellín, decidimos “pueblear” como dicen algunos  paisas, contagiarnos de la tranquilidad de un miércoles común sin prisa. Caminamos por Cisneros  en una ruta demarcada por singulares casas coloridas, algunas de ellas con la ropa de sus habitantes en el exterior. En el puente sobre el río, los adornos navideños estaban siendo retirados por los contratistas del municipio y en sus orillas los  areneros  paleaban su producto hasta los burros  para cobrar  3.000 pesos por viaje.

 Siguiendo el riel. Colombia, Enero de 2014                                                                                                                                                                                                                                              

Preguntamos por la salida al famoso pozo de “La Plancha” indicándonos una ruta empinada hacia la montaña, nos hablaron de quince minuticos, que a veces son de esos flexibles que se estiran más de la cuenta, haciendo el doble del tiempo. Seguimos subiendo y Nelson comenzó a sospechar que nos habíamos equivocado de ruta, así que nos separamos, yo seguí subiendo y ellos regresaron. Mi caminata fue hasta el tope de la montaña por camino de herradura unos 25 minutos y  aún escuchaba las cascadas muy lejos. Decidí devolverme sin encontrar a quien preguntar. Cuando llegué al primer puesto de la zona de camping hable con el encargado y me dijo que los pozos de arriba son increíblemente bellos pero a más de una hora de allí. Me dirigí hacia el camino indicado y en un par de minutos avisté a Nelson y Jaky tomando el sol en el pozo. Creo que fueron los quince minuticos más precisos de toda la salida.

Compramos unas cremas de mango biche con sal y limón, que a Nelson le parecieron el mejor de los helados de palito que haya probado, le preguntó a la señora si las hacía y dijo que no, que ella las compraba y las revendía.  700 pesos de sabor que nada tenían que envidiarle a los helados industrializados. Mientras repetía mi dosis, una señora me solicitó el favor de que le ayudara a empujar la moto para sacarla de su casa, una situación difícil para una dama. Le pregunté que como hacía y me dijo que todos los días tenía que pedirle el favor a alguien para sacarla de allí, la cuestioné sobre el cambio de vehículo o de hogar a lo cual respondió que lo estaba pensando, pero era más fácil conseguir marido.

 

Día 7  Cisneros – Santiago

Debíamos estar en el hotel a la 1 pm para sacar nuestras maletas y de regreso encontramos una pareja en moto que al pasar por un policía acostado (reductor de velocidad), brinco más de la cuenta cayéndose la diadema  de la dama, ocasión que aproveche para decirle a Nelson que  nos tomara una foto de la  particular coronación. Un profesor de Cisneros y experimentado ciclista nos explicó con lujo de detalles  por donde hacer la salida hacia el Limón, nuestra próxima parada. Nos comentó sobre la problemática docente y social en un municipio pequeño, con herencia minera y comercial de antaño, donde la juventud no quiere esforzarse y se pierden los cursos que lleva el SENA para capacitación, además de presentar graves problemas de prostitución y trata de menores.

Retiramos nuestras bicicletas  y equipo del hotel. Posteriormente, fuimos rumbo a la zona comercial de Cisneros, a tomar fotos de la gigantesca  estación, almorzar y comprar agua.  La presentación familiar 5.5 Litros por 1.600 pesos, nada en comparación al valor de las contaminantes botellas plásticas de agua de medio litro y mucho en comparación al valor del m3 de agua potable que pagamos en nuestras ciudades y exageradísimo, cuando se puede tomar gratis de los manantiales de las montaña, la cual luego la envasan y no la venden.

El acenso hasta la vereda el Rosal nos tomó una hora sobre pavimento. Jaky iba adelante y paró en una venta de panela frente a un trapiche, donde una señora se ofreció a darnos agua. Entablamos la respectiva conversación sobre la aventura y le ofrecí un bocado de la panela santandereana que yo llevaba para el viaje, a lo cual solo dijo –“Sabe a lo mismo”. Nos tomó nuestra foto de grupo, subimos otros quinientos  metros y nos descolgamos entre trapiches por una vía destapada hasta la estación el Limón. Junto a ella, encontramos una construcción de dos pisos a punto de caer, pero sin duda alguna, la más hermosa  que habíamos fotografiado durante  el viaje. El propietario de la cafetería “Alaska” nos contó que era propiedad privada y que estaban haciendo los estudios para su restauración, que él también estaba construyendo un albergue para turistas y muy pronto lo tendría disponible. Nuestra meta era atravesar el famoso Túnel de la Quiebra para dormir al otro lado, en la estación Santiago. Al preguntar  por el tiempo para hacerlo nos dijo que a  pie y a buen paso cincuenta minutos. Era seguro que nos tomaría más tiempo hacerlo empujando las bicicletas, eran 3.742 metros el largo del túnel, según los registros históricos.

Una placa sobre el túnel indicaba el año de terminación de la obra, 1929 y en la entrada un grupo de jóvenes esperaba la motomesa para pasarlo. Sacamos las linternas y comenzamos a caminar siempre mirando hacia atrás el tamaño de la boca del túnel. Jaky se sentía incómoda caminando, esperando el paso de la motomesa pues le preocupaba que no nos viera. Cuarenta minutos después, aún se veía le pequeño punto blanco de la entrada y nada de la salida, intentamos muchas tomas sin resultado alguno. Escuchamos el ruido de una motomesa, nos salimos de los rieles hacia los costados y esperamos a que llegara el pequeño punto de luz que veíamos acercarse. Pasó a baja velocidad y nos reincorporamos al centro de la vía para continuar. Unos minutos más tarde comenzó a  aparecer la salida del túnel y poco a poco se agrandaba visualmente su tamaño. Una hora y veinte minutos nos tomó atravesarlo. Eran las 5:45 pm y nuevamente las bajas condiciones de luz no ayudaban con las tomas. Fuimos rápidamente a la estación y le preguntamos  al  grupo de niños que allí jugaba sobre el hospedaje y casi al unísono  dijeron –“Donde doña Estela”. Subí a mirar el sitio y a preguntar por la dueña, me atendió una mujer paisa muy amable  que  me mostró muchas habitaciones vacías y me dijo que escogiera. Me pareció cómodo pero  nadie se atrevía a darme el valor. Había tres mujeres y un hombre  sentados en una mesa tomando Ron Medellín Añejo, no sabían que decir y me atreví a proponer 20.000 la habitación y el hombre dijo -“30.000, diez por cada uno”. Acepté y fui por Jaky y Nelson.

Subimos y nos presentamos formalmente. Doña Estela no era “Doña Estela” era Sandra, una Amiga de la dueña que tal vez por temor  ante los desconocidos no quiso hablar. El negociador era Carlos el Inspector de policía de Santo Domingo, Valentina (sobrina de Sandra) una estudiante de ciencias políticas de Medellín y la verdadera Estela la dueña. Hablamos un rato del viaje, de la aventura. Rompimos hielo muy fácilmente  y nos dijeron que encargáramos la comida donde doña Uva. Nelson bajo rápidamente e hizo el encargo.  Debíamos regresar en una hora lo cual nos dio tiempo para charlar un rato más.  Nelson y Jaky se tomaron un ron y fuimos a bañarnos y a ponernos ropa menos sudada.

De regreso de la comida, ya habían llevado una nueva caja de ron, la cortesía hacia los huéspedes florecía. Se habló de política, de trabajo, de rutas, de la seguridad de la zona. Nelson y Jaky  recibieron un ron más, sabían que no podían tomar por el final de la jornada al día siguiente, pero la hospitalidad de los anfitriones era desbordada y empezaron a contar sus historias. Doña Estela  compró esa casa con su esposo y la fueron construyendo poco a poco, enviudo sin contarnos como y estaba tratando de reconstruir el sitio.  Sandra, paisa de pura cepa,  con tres hijos distanciados ocho años uno de otro y  todos de papá diferente, como lo dejo saber muy orgullosa. Carlos el inspector, abogado de profesión, hablador como buen paisa y según él, desinhibido para hablar porque no estaba su mujer. Carlos  estaba  allí cumpliendo la cita de cada ocho días a sus amigas, cuando tenía que ir a trabajar cada día de la semana a un caserío diferente. Más entrados en confianza,  la conversación se tornó hacia las musculosas piernas de Jaky, envidiadas por las mujeres de la mesa y admiradas por el inspector que según insistía tenía –“Más patas que una mesa de billar”. Nelson y yo decidimos despedirnos e irnos a dormir, para afrontar la última  jornada al día siguiente. “Niña” la perra adoptada que había estado todo el tiempo entre mis piernas también se despidió dándome su beso de  buenas noches.

 

Día 8 Santiago – Medellín

La última jornada había llegado, eran las siete y media de la mañana y estábamos listos para ir a desayunar. Por mi parte me hubiera quedado un día más en Santiago en la comodidad de esa casa, pero debíamos continuar. Arepas recién asadas y un espléndido chorizo de los que no dejan memoria. Nuestra despedida de Carlos y Doña Estela y a pedalear rumbo a la estación Porce, donde aparentemente podríamos hacer nuestro último tramo de carrilera. Por la hora, el pequeño pueblo estaba tranquilo, no había mucha gente y la carrilera se veía pedaleable según entendíamos hasta Paso Nivel, donde se intersectaba con la vía a Medellín. Muchas casas a lado y lado, animales y niños jugando sobre el riel, parecía que vivía más gente allí que en el pueblo. Le preguntamos a un señor sobre la propiedad de su casa y nos dijo que no tienen escrituras, sólo papeles notariados de posesión de hace muchos años. Con eso negociarán cuando algún día regrese el tren, pues tendrán que tumbar sus hogares por estar escasamente a un metro del riel  y no pasarían los vagones de carga.

Pasamos por debajo de la vía pavimentada y continuamos hasta una desviación donde se perdía nuevamente el riel en los matorrales. Queríamos llegar por allí a la estación Botero pero no podíamos continuar. Un poco frustrados, salimos a la vía por una vieja casona donde compramos bebidas y nos corroboraron la imposibilidad de continuar. Un par de kilómetros adelante, tomamos el desvío a Botero y al llegar a la estación encontramos de nuevo los rieles pero sin continuidad y definitivamente sin posibilidad de vía.  No quedó más remedio que retornar y seguir por pavimento a Medellín. El nivel de tráfico empezó a aumentar considerablemente, se empezaba a notar nuestra cercanía a la capital de Antioquia por el tamaño de sus obras. Tomamos las primeras fotos del blanco y espumoso río Medellín, que estoy seguro los antioqueños algún día, con gigantescas plantas de tratamiento, descontaminaran para intégralo de nuevo al paisaje. Una parada más en el puesto de piña del camino, antes de entrar a averiguar en Barbosa por la estación. Allí nos relataron que ya no existía, que quedaba al otro lado del río pero sin edificación alguna, así que otra bebida y a tomar la doble calzada a Medellín.

Era la una de la tarde y sólo nos faltaban 33 km de pavimento, así que propuse el último baño del día  en una de las quebradas de Barbosa.  Era una situación nostálgica, la travesía estaba llegando a su fin. Rodamos y rodamos hasta entrar a la ciudad. Jaky un poco nerviosa por la cercanía a las comunas y su inexperiencia pedaleando en ciudad. Nelson iba adelante comandando la llegada.  El tráfico se complicó brutalmente y debíamos llegar a la estación en el centro de la ciudad. Nelson nos guió rápidamente por la zona atravesando avenidas, un par de puentes, un parque y algunos andenes hasta que señaló donde era la Alpujarra.

El celador de la estación, con experiencia en foto-turistas, fue quien nos propuso el lugar y ángulo adecuado para la toma final del camino. Uno, dos, tres  y realizó varias tomas como todo un profesional. Al indagar de nuestra procedencia y tiempo de travesía cuestionó en suave tono, –“¿Ocho días desde Bucaramanga?”,  a lo cual yo contesté, –“Si, pero siguiendo el riel”.

Sin fotos