Rumbo al Puente de Boyacá. Cap 5 La Ruta Libertadora en bicicleta.

Todo el esfuerzo y penurias padecidas por Bolívar, Santander, Anzoátegui y demás integrantes del ejército patriota durante 46 días, cobro relevancia el 7 de agosto de 1819 entre las tres de la tarde y las cuatro y media, con un saldo de 1600 capturados, muertos por doquier de ambos bandos y la proclama ineludible de Libertad. 200 años después con nuestra humilde travesía en bicicleta llegaríamos siguiendo su recorrido hasta el mismo sitio de la batalla libertadora.

Donde estas Libertad. Colombia 2019

 

Después de pasar el páramo de Pisba, la temperatura fue tornándose más cálida. En el rápido descenso hacia Socha la lluvia me tomó por sorpresa en el pavimento, mi intención era llegar a buscar hotel, pero tuve que guarecerme en el primer techo que encontré en una estación de gasolina antes del pueblo. Pregunté al señor que despachaba combustible por hospedaje cercano y para mi fortuna me contestó que también tenían servicio de hotel.  Guardé la bicicleta en su almacén de repuestos y me alojaron en el tercer piso. Tome una ducha caliente para quitar el frio acumulado de tres difíciles noches y me comunique con Nelson y María Johana para decirles que lo había logrado. Llevaban dos días en Pisba sin saber de mí, y aguardando a que fuera sábado santo y se normalizara el transporte terrestre para poder salir del pueblo. Ellos ya estaban al tanto de la noticia y un poco más tranquilos, pues el Profe Sabogal, se había comunicado con ellos para informarles de mi paso por la Romasa y mi salvador almuerzo en casa de doña Ana Luisa Cantor.

Reunificación de Tropas

La avanzada del ejército libertador llego a Socha el 7 de julio de 1819, donde fueron acogidos por su pueblo, alimentados y vestidos después de una maratónica invitación del alcalde y el sacerdote a donar ropa y alimentos, los cuales fueron acopiados en la iglesia y luego enviados al páramo para ayudar a las tropas rezagadas y enfermas. Dada la generosidad de sus pobladores y la de veredas vecinas Socha fue nombrado “Nodriza de la libertad”, y 200 años después yo podía dar fe absoluta que las costumbres transmitidas por sus ancestros no habían cambiado, por las desinteresadas atenciones que había recibido hasta llegar al hotel.

Bolívar esperó en Socha para reunificar sus tropas que bajaban lentamente del Pisba, nuestras opciones tardarían un día más, Nelson y María Johana tendrían que madrugar a tomar bus para salir de Pisba y luego de seis horas de trayecto llegar Sogamoso, arreglar las bicicletas y tomar un nuevo transporte hasta el siguiente pueblo que determináramos. Analizamos las diferentes posibilidades de reunión sobre la ruta programada de nuestro viaje y el punto intermedio escogido para nuestro reencuentro sería Betéitiva.

Con el plan a seguir para el día siguiente, solo restaba el descansar y las condiciones estaban dadas para hacerlo. Había recibido suficiente comida en la tarde, tenía buena cama, cobijas de sobra, baño en la habitación, televisor, buena temperatura en el cuarto y aun así no podía conciliar el sueño. Fue otra larga e incómoda noche, donde dormí poco. Cuando llamé a Nelson en la mañana, para saber de su itinerario y a contarle lo sucedido, solo atinó a decir que tenía síndrome de perro callejero, el cual disfrutaba más la austeridad.

 

Bendición antes de andar

El parque principal de Socha, estaba reventar, repleto de volquetas a su alrededor, vehículos y motocicletas frente al patio de la iglesia. Después de la misa de diez, los diferentes sacerdotes procedieron a realizar la tradicional bendición de vehículos y conductores de sábado santo, rociándolos con agua bendita acompañados de sus oraciones. Me situé al final del espacio reservado para las motos, junto a dos bicicletas más, accediendo a los buenos deseos del sacerdote. Mi compañero de bendición en cicla de ruta, me recomendó tomar la vía destapada por Socha Viejo a Tasco para evitar el abundante tráfico pesado, pues estábamos en la zona minera de explotación de carbón de coque.

Fui por las alforjas y me despedí de doña Dora Luz, la dueña del hotel, quien amablemente me realizó un descuento por ser amigo del profe Sabogal. Tomé el camino rural recomendado, el cual me parecía una súper autopista comparada con el camino de herradura que atravesaba el páramo. Entre fincas, cultivos y entradas a proyectos mineros arribé a Tasco hacia la una de la tarde. Tomé una pausa para almorzar frente al parque principal y preguntar sobre el paso de Bolívar por el pueblo. Me remitieron a la escultura ecuestre de chatarra en el parque y su placa conmemorativa. En Tasco, Bolívar organizo los primeros hospitales de sangre para sus tropas, que debieron quedarse por varios días para su recuperación y aprovisionamiento de caballos y víveres.

Después de recorrer el pueblo continúe con la ruta programada, unos cuantos kilómetros por pavimento, muchas preguntas sobre el desvío a tomar y luego de las indicaciones dadas pude encontrar el serpenteante camino a Betéitiva, al llegar al pueblo pregunté a un par de niños en bicicleta, si sabían de un lugar para hospedaje y fuimos a preguntar de casa en casa por posibilidades. Luis Gabriel y Sebastián me llevaron al hospedaje y cafetería el Triunfo. Me acerqué a la ventana enrejada, pregunté a la dueña doña Dorelly Acero por habitación para tres, me preguntó displicentemente que quien era yo, le contesté y le conté de nuestro viaje, luego me preguntó si traía la recomendación del alcalde, ante mi sorpresa por tamaña petición, le dije que no, pues llevaba tan solo veinte minutos en el pueblo y no tenía el gusto de conocerlo. Me dijo en humillante tono de propietaria resabiada, que ella no hospedaba a cualquiera.  Ante la falta de recomendaciones gubernamentales y la risa de Luis Gabriel y Sebastián por el extraño comportamiento de la señora, fuimos a buscar otra opción.

 

La negra

Después de solucionar lo de nuestro hospedaje en una casa cerca de la iglesia, me recomendaron buscar a Herminda a dos cuadras de allí para encargarle las comidas. Toque a la puerta y me atendió Camila su hija haciéndome pasar al interior de su casa con huerta y vista a la cordillera. En la cocina, una menuda mujer me dio la mano y se presentó con ímpetu, – Mucho gusto, Herminda Machuca Rico. Ante el regaño de su hija (por lo del Rico) y las carcajadas de su madre, supe inmediatamente que les iba a encantar a mis compañeros su estancia en Betéitiva alimentados por esta simpática y siempre sonriente mujer.

Me despedí momentáneamente y fui a recorrer el pueblo a la espera de Nelson y María Johana. Cerca al parque, la familia Daza me preguntó del viaje, conversamos y luego esgrimieron sus conocimientos regionales sobre la importancia de sus respectivos pueblos en la gesta libertadora. Hacia las seis de la tarde me señalaron el arribo del bus, agradecí sus atenciones y fui en busca de mis compañeros. Traían completamente desarmadas las bicicletas en uno de los asientos del pequeño bus y las ruedas en los maleteros. Mientras armaban las bicicletas, les pregunté si habían traído la carta de recomendación del alcalde, igual de sorprendidos, no entendieron la pregunta y les conté el complejo momento por el que había pasado buscando hospedaje, pero la simpática experiencia con Herminda y fuimos a su encuentro.

La negra, como la conocen todos en el pueblo los recibió con un solo apellido para alivio de Camila. La constante mamadera de gallo de su madre y su jocosa charla mientras preparaba los alimentos fue el preámbulo al recuento de su historia de vida en una simpática y amena noche de reencuentro. Herminda regresó a Betéitiva después de muchos devenires en la vida. Instruida en las artes culinarias con religiosas, vivió en Bogotá muchos años, y ante relaciones amorosas frustradas tomo a sus hijos y regreso a su pueblo. Montó un negocio de comida, atendió a contratistas, los alimentó, no le pagaron y la quebraron. Trabajó en el colegio preparando las generosas raciones de los escolares, hasta que llegaron los subcontratistas estatales de los servicios de alimentación. Arrancó de nuevo en casa arrendada, atendiendo visitantes y esporádicos turistas. Y la verdad sea dicha Herminda si machuca rico los patacones, cocina rico, habla rico y vive muy rico, pues de su huerta toma todas la legumbres y plantas que usa como ingrediente de sus comidas, además de huevos de sus gallinas sarabeadas.

Regresamos a visitar a la Negra para el desayuno, nos señalaron sobre la montaña la posible ruta a seguir, pero Camila nos sugirió una vía más pedaleable dándonos las indicaciones necesarias para llegar a Tutazá. Camila nos llevó a caminar hacia el sector del acueducto del pueblo donde estaba el empinado camino real por donde pasaron las tropas provenientes de Tasco y los restos de lo que creímos una columna en piedra como señal de paso.

 

La ruta Libertadora y su gente

Debíamos seguir la ruta, recogimos nuestros equipos y con algo de nostalgia, fuimos a despedirnos de la Negra con foto de grupo tomada por su hija. El reinicio de travesía grupal fue placido entre fincas y gente a quien preguntar la orientación correcta ante la infinidad de posibilidades. La vía se tornó amable en un constante sube baja de montañas nada comparable al paso del Pisba, tan solo debíamos sumarle 200 metros de altura a los 2.500 msnm de Betéitiva. Luego de cuatro horas, llegamos al alto de El Topón e iniciamos nuestro descenso hacia la vía pavimentada.  

En el camino encontré a don Gustavo Solano, un campesino en su bestia al que me hubiera gustado cambiársela sin titubear por mi bicicleta tres días atrás. Entrados en confianza tras escuchar nuestra procedencia, me dejó subirme a ella y prestarme su atuendo para una foto tomada por él. Estábamos en la vereda Tirinquita de Belén a unos cuantos kilómetros de la pavimentada. Dimos las gracias a don Gustavo por su voluntad de escucha, de habla, de orientación, su disposición de tiempo y ayuda a peticiones de desconocidos, ya que tuvo que ajustar la silla de su caballo pues a mi primer intento se giró, prestarme su ruana, su sombrero y para terminar aprender a disparar la cámara.

Un par de kilómetros más adelante, Edgar Guerrero bajaba en una bicicleta sin cambios, muy mal de frenos y con un laso sobre el manubrio, debía recoger su ganado. Miró mi carga con algo de duda, me pidió pulsear la bicicleta, paramos y ante el gesto reflejado en su rostro le ofrecí probarla. Hicimos el intercambio y aprendió rápidamente a manipular las palancas de cambios. Pedaleo intensamente cruzando el puente sobre el río, donde sus compadres lo vitorearon ante la velocidad que llevaba. La meta era el borde de la pavimentada donde estaban sus animales.

Nos reagrupamos en el cruce hacia las tres de la tarde, comimos algo en la tienda y mientras dudábamos en ir a Tutazá, le hice señas a un ciclomontañista que se dirigía hacia Belén, era José Albarracín, un ingeniero mecánico que vivía en Duitama y para nuestra sorpresa gran estudioso de la gesta libertadora. Al preguntarle la razón, nos explicó que debido a su trabajo como contratista debía viajar e interactuar con otros profesionales y que algunos pensaban que Boyacá era solo papa y cerveza, que no tenían conocimiento de lo importancia de su departamento en los eventos de la campaña que nos dio la libertad.  Nos explicó que estábamos equidistantes a Belén o a Tutazá, pero que debíamos ir a Tutazá, pues de allá era la virgen invocada por Bolívar en la batalla de Pantano de Vargas, cuando pidió ayuda celestial, pero olvidó su nombre y terminó diciendo “virgen, de allá… de donde hacen tiestecitos”.

Emprendimos la marcha de once kilómetros, planos inicialmente sobre el pavimento hasta el arco que enmarcaba la subida hasta el pueblo. Ante el amago de lluvia, perjudicial para mi fuerte estado gripal producto de haber estado mojado por tres días en el páramo, decidí adelantarme y pedalear fuertemente hasta el pueblo. Llegue a las cuatro de la tarde a una solitaria plaza, no había restaurantes, solo un asadero de carne a la llanera y tres clientes con varias cervezas encima. La llovizna se tornó en aguacero y tuve que escampar en el techo contiguo. Un señor me facilito su gran sombrilla para ir a hablar en la posada El Libertador al otro lado del parque donde reserve las habitaciones con Luz Marina, la encargada del hotel que me prometió tenerme aguadepanela con jengibre para atacar mi gripa.

Regresé la sombrilla y esperé por mis compañeros que llegaron completamente mojados media hora más tarde, continuaba lloviendo y les dije que la única opción de comida era en el lote de al lado. Guardamos las bicicletas, pedimos la carne, hablamos con el dueño y su esposa y ya con algo más de confianza le insinué que colocara una canción que todos se supieran para cantarla y hacerles un video. La escogida Ojitos verdes, muy sentida y bien cantada por los entonados clientes. Tuvimos que ir al hotel en medio de la fuerte lluvia con nuestros ponchos encima y el apoyo de Carlos, un pequeño niño que le brindo interesada ayuda a María Johana con su Bicicleta con el fin de que se la prestara para darle vueltas al parque bajo el cobijo de su ruana de lana que termino hecha esponja de páramo después de media hora de pedaleo.

En la mañana luz Marina preparó los desayunos, horneó los zapatos de Nelson y María Johana, alimentó un par de policías, atendió a su hija universitaria y mil quehaceres más como gran cantidad de mujeres trabajadoras. Nos recomendó visitar la iglesia para ver la pintura de Bolívar y la virgen del Rosario Patrona de Tutazá. El libertador visito el pueblo el 14 de julio de 1819 con el fin de orarle a su virgen y pedir por el buen desarrollo de su campaña. Frente a la plaza hay una escultura de Bolívar y la virgen que los turistas sin falta van a ver los domingos después de misa y comprar algunos tiestecitos. Infortunadamente la mujer perteneciente a la última familia que los producía en la zona había fallecido y ahora son traídos de Ráquira.

El descenso desde Tutazá fue rápido, en una hora llegamos a Belén, la tierra del héroe local, Pedro Pascasio Martínez, un niño soldado de trece años que en la batalla del puente de Boyacá capturó a Barreiro y le dijo no al soborno que este intento hacerle por su liberación. Mientras comíamos del famoso queso de Belén y hacíamos algunas fotos, María Johana fue a arreglar nuevamente su bicicleta al taller de Alexis Téllez, quien tuvo que bajar la rueda delantera y hacerle mantenimiento general.

El agua hizo que paráramos nuevamente en Cerinza, pero nuestro plan era llegar hasta Duitama, así que tomamos la decisión de sacar nuestros impermeables y continuar la ruta con la llovizna. La larga subida al alto de Portachuelo dividió el grupo y al iniciar el descenso la cantidad de agua sobre el pavimento hacia que las cunetas de desagüe fueran insuficientes, dejando el agua sobre la vía. Tome la decisión de continuar hasta Santa Rosa de Viterbo. Busque el primer restaurante que me recomendaron, pedí algo de sopa caliente y cambie rápidamente mis empapadas ropas para no darle avance a la gripa. Al terminar me comunique con Nelson y me dijo que aún estaban escampando en el alto de Portachuelo, así que la opción era buscar hotel mientras ellos llegaban.

El hombre del restaurante, me recomendó el hotel Buganvil, a un par de cuadras. Doña Ana Lucia su propietaria reacomodo sin pensarlo dos veces la sala de su casa para permitirnos guardar las bicicletas y me llevó hasta el tercer piso a uno de los cuartos. Tomé una ducha de agua caliente y envié los datos del hotel a mis compañeros. Calienticos y algo más limpios fuimos a recorrer el municipio, terminamos comiendo génovas en Dolce Tentazione, el negocio de Leonardo Valcaser, quien tiene una decoración con impresiones digitales de los hechos y personajes históricos de Santa Rosa de Viterbo, la colombiana y la italiana pues nos explicó que de allí se tomó el nombre. Nos relató con lujo de detalles y acento de historiador la entrega del caballo blanco a Bolívar enviado por Cazilda Zafra, el oráculo del pueblo, quien había soñado que el potro de su yegua preferida seria para un gran general. Luego de la victoria del Pantano de Vargas, Bolívar recibió el hermoso caballo, bautizándolo como Palomo acompañándolo a infinidad de batallas.

Media cuadra adelante, decidí hacerme corte de pelo con don Jorge Morales, Fotógrafo y peluquero quien en medio de su trabajo se dejó fotografiar de su colega Nelson, contándonos algo de su historia en el pueblo y de los suficientes años de trabajo en sus dos pasiones. Continuamos el recorrido hacia el parque principal y aunque ya era tarde le conté a Nelson de los tradicionales lunes de mercado en Santa Rosa en la plaza a un par de cuadras de allí. Nelson se fue a hacer fotos en la zona de frutas y verduras, mientras que María Johana y yo hablábamos con doña Martha, quien nos instruía en el envió de 40 cabezas semanales de cordero desde Chocontá a su casa para elaborar el plato típico de la zona. Muy amablemente espero entre nuestra charla a que Nelson llegara para la consabida foto, pues le quedaban solo un par de expresivas cabezas.

Frente a ella Isabelita, la vendedora de fritanga nos obsequió una degustación de sus productos sin mayor reparo, solo por la buena charla. Era increíble la cantidad de buena gente con la que habíamos podido interactuar en dos días de ruta, el encanto de los pueblos del camino no siempre está en sus atractivos turísticos o históricos, sino encontrar a personas como estas en el recorrido, que con su disposición de servicio y carisma hacen que uno no quiera partir.

 

Los grandes Monumentos

Salimos temprano del hotel a tomar la vía a Duitama donde desayunamos, el Pantano de Vargas era relativamente cerca, así que pudimos hacer una parada extra en el Pueblito Boyacense, una especie de aldea comercial y residencial construida replicando la arquitectura y color de los municipios del departamento. Muchos pueblos en un solo lugar.  Buscamos nuevamente el camino alterno para evitar el tráfico pesado de la autopista. El Pantano de Vargas estaba a unos diez kilómetros tan planos que incluso un hombre llevaba a sus grandes perros dóberman de paseo trotando mientras el conducía bicicleta.

Infortunadamente para nosotros, pero en busca de tener el monumento impecable para la celebración del 25 de julio no pudimos acceder a él. Las obras de remodelación de la plazoleta principal impedían nuestro acceso teniendo que conocerlo perimetralmente. La imponente obra del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, resalta la valentía de los 14 lanceros, que en un momento de perdida de fe por parte de Bolívar y después de encomendarse a la virgen de la cual se le olvido el nombre, delegó en Juan José Rondón la responsabilidad de cambiar el adverso momento de la batalla diciendo las famosas palabras “Coronel, ¡Salve Usted la Patria!”. El ejército libertador después de esa dramática batalla, en la cual logró a último momento revertir una segura derrota, tomo como ejemplo el arrojo de los lanceros y con mayores bríos siguió su camino hacia Tunja.

Acostumbrados a ver ruinas por el camino, decidimos hacer el paso por la hacienda El Salitre donde Bolívar paso la noche del 3 y 4 de agosto planeando su aproximación a Tunja. Nuestra sorpresa fue mayúscula al encontrar una casona convertida en hotel con una preservación histórica inmaculada, digna de la celebración de cualquier tipo de evento cultural o social, solicitamos permiso para el ingreso y recorrimos lentamente sus bellas instalaciones.

Continuamos por la vía destapada hacia Paipa, la lluvia nuevamente acelero nuestra decisión de hotel y frente a donde escampábamos de ella, estaba el hotel Libertadores. María Johana cruzo la calle para averiguar por habitaciones, encontrando un precio favorable a nuestro presupuesto y la fortuna de tener al lado las piscinas termales Panorama que le había recomendado una amiga. La suerte estaba con nosotros.

Aunque Bolívar realizo el avance a Toca de noche, nosotros esperaríamos al amanecer para hacerlo. Doña Myriam Ávila la encargada de turno, preparó nuestros desayunos en el hotel y nos dio las indicaciones del camino. Tomamos la vía rural entre uno de los más bellos paisajes de la travesía, con infinidad de apreciables tonos de verde, cultivos de toda índole y el desarrollo de la industria exportadora de flores en auge. Encontré a doña Sabina pedaleando hacia su trabajo, me dijo que estábamos a once kilómetros de Toca, pues ella tenía que hacer ese recorrido en su bicicleta de un solo piñón diariamente ida y regreso. A buen paso Sabina de 54 años, me fue contando su vida sin tapujos y oficio en la floristería donde entraba a trabajar a mediodía, me dejo ubicado en el pueblo y se despidió amablemente después de la foto.

Nuestro destino estaba cerca y según lo averiguado era bajando, decidimos buscar buen almuerzo por si las dudas y partir hacia Chivatá. Unos pequeños columpios y el descenso por buena vía. Un hombre en motocicleta con maletines de viaje paró delante mío, era un argentino que se hacía llamar Yago, en un viaje sin afán atravesando Suramérica con destino a Villa de Leyva esa noche. En el pueblo una pequeña plaza central y a la salida la piedra que recordaba el paso del Libertador el 5 de agosto de 1819.

Llegamos a la plaza de Bolívar en Tunja hacia las cuatro de la tarde luego de unas pequeñas subidas nada alentadoras para el final de la jornada. Siempre había pasado por Tunja en carro de paso vía Bucaramanga-Bogotá y no conocía nada del centro histórico de la ciudad. Estaban preparándola para el bicentenario, vías céntricas en remodelación, algunas reparaciones a fachadas históricas y otras menores a los monumentos. A un costado de la plaza, una gala política, donde solicitaban por el micrófono, se retiraran todos los aspirantes a cargos públicos, pues era la celebración de un acuerdo firmado para una obra, con la presencia del alcalde de Tunja y el gobernador de Boyacá vistiendo como siempre su característica ruana.

Karen, amiga de Nelson y German su esposo, ofrecieron amablemente su hogar para pasar nuestra última noche de travesía, estaban siguiendo el relato de Nelson por las redes. Nos acomodaron en un generoso espacio donde funcionaba una tipografía del padre de German. Después de ponernos en versión semidecente, subimos al tercer piso de la casa a compartir la comida y en aras de celebración pedimos pizza. Karen trabajaba en procesos de parto asistido, pero tiene en su mente junto a German el gran proyecto de poder vivir en el campo y del campo. Laura Hermana de German trabajaba junto a él en la recolección de semillas nativas, nos contó de su cine ambulante y un futuro proyecto cinematográfico en Contratación Santander. Laura había tenido que empezar de cero muchas veces, pero entre sus historias de esfuerzo, dijo una frase de esas que se pueden robar y repetir incansablemente hasta que empiezan a retumbar, “Llego el momento de dejar de producir y empezar a existir”.

El desayuno fue lento, como del que no quiere irse de una casa donde se siente bien, hicimos la foto de despedida y a afrontar el tramo final al Puente de Boyacá. Debimos tomar ineludiblemente la autopista doble calzada con mucho flujo vehicular por la salida caótica de todos los pobladores desplazándose en carro al trabajo. El monumento está a 13 kilómetros de Tunja, pero partido en dos, culpa del paso de la vía que dejo a un lado el arco del triunfo sin posibilidad de visita.

La otra parte a la que se puede acceder en carro, es sin duda una de las más grandes extensiones de tierra con monumentos alusivos a la importancia de la batalla decisiva en el pequeño puente el 7 de agosto de 1819. El caudal del río Teatinos no refleja lo difícil que hace 200 años fue su paso, el puente según la historia tenía tan solo dos metros de ancho y una luz de cinco metros, siendo el único paso posible en la zona para combatientes y animales dada la fuerza de sus aguas, así que es fácil imaginarse lo cruento que debió ser la situación de dos bandos tratando de pasar de un lado al otro.

Habíamos llegado después de 19 días, conociendo más gente y sus historias de vida que atractivos turísticos. Colombianos con interesantes proyectos e ilusiones a lo largo de los pueblos de La Ruta Libertadora, quienes aun 200 años después de los hechos sucedidos se preguntan dónde está nuestra libertad, perdida hoy por nuestro conflicto interno y una PAZ embolatada en escritorios de políticos que por egos personales quieren llevarnos de nuevo a batallar. La despedida de final de travesía sobre el puente, fue engalanada por el canto desprevenido y sin preparación de los alumnos y profesoras del colegio Sede Rural Pantano de Vargas de Paipa, quienes amablemente complacieron mi petición con una oportuna canción para el momento.

Si hay un niño llorando en la calle, no podemos cantar libertad.

Si hay un niño empuñando las armas, No podemos cantar libertad.

Libertad, libertad, donde estas, donde estas.

Libertad, libertad, donde estas, donde estas”.