Rumbo al Puente de Boyacá. Cap 5 La Ruta Libertadora en bicicleta.

Todo el esfuerzo y penurias padecidas por Bolívar, Santander, Anzoátegui y los demás integrantes del ejército patriota durante cuarenta y seis días cobró relevancia el 7 de agosto de 1819 entre las tres y las cuatro y media de la tarde. El enfrentamiento dejó como consecuencia 1.600 capturados, 100 muertos y 150 heridos entre los realistas, mientras en el bando de los patriotas dejó 13 muertos, 54 heridos y la proclama ineludible de libertad. 200 años después con nuestra humilde travesía en bicicleta llegaríamos siguiendo su recorrido hasta el mismo sitio de la batalla libertadora.

Gloriosa victoria.

 

Posterior al paso del Páramo de Pisba, la temperatura fue tornándose menos fría. En el rápido descenso hacia Socha, la lluvia me tomó por sorpresa en el pavimento. Mi intención era llegar a buscar hotel, pero tuve que guarecerme en el primer techo que encontré en una estación de gasolina antes del pueblo. Pregunté al señor que despachaba combustible por hospedaje cercano y para mi fortuna contestó que también tenían servicio de hotel. Amablemente guardaron la bicicleta en su almacén de repuestos y me alojaron en el tercer piso. Una ducha caliente fue suficiente para quitar el frío acumulado de tres difíciles noches. Nelson y María Johana llevaban dos días en Pisba sin saber de mí y aguardando a que fuera Sábado Santo y se normalizara el transporte terrestre para poder salir del pueblo. Emocionado realicé la llamada para avisarles que lo había logrado. Ya estaban al tanto de la noticia y un poco más tranquilos, pues el Profe Sabogal se había comunicado con ellos para informarles de mi paso por la Romasa y mi salvador almuerzo en casa de doña Ana Luisa Cantor.

Reunificación de Tropas

La avanzada del ejército libertador llegó a Socha el 7 de julio de 1819, donde fueron acogidos por su pueblo, alimentados y vestidos después de una maratónica invitación del alcalde y el sacerdote a donar ropa y alimentos, los cuales fueron acopiados en la iglesia y luego enviados al Páramo para ayudar a las tropas rezagadas y enfermas. Dada la generosidad de sus pobladores y la de veredas vecinas, Socha fue nombrada “Nodriza de la libertad”; 200 años después yo podía dar fe absoluta de que las costumbres transmitidas por sus ancestros no habían cambiado, por las desinteresadas atenciones que había recibido hasta llegar al hotel.

Bolívar esperó en Socha para reunificar sus tropas que bajaban lentamente del Pisba. Nuestras opciones tardarían un día más. Nelson y María Johana tendrían que madrugar a tomar bus para salir de Pisba y luego de seis horas de trayecto llegar a Sogamoso, arreglar las bicicletas y tomar un nuevo transporte hasta el siguiente pueblo que determináramos. Analizamos las diferentes posibilidades de reunión sobre el recorrido de nuestro viaje y el punto intermedio escogido para nuestro reencuentro sería Betéitiva.

Con el plan a seguir para el día siguiente, solo restaba el descanso y las condiciones estaban dadas para hacerlo. Había recibido suficiente comida en la tarde, tenía buena cama, cobijas de sobra, baño en la habitación, televisor, buena temperatura en el cuarto; aun así, no podía conciliar el sueño, fue otra larga e incómoda noche donde dormí poco. Al reportarme a Nelson en la mañana para saber de su itinerario y contarle lo sucedido, solo atinó a decirme que yo tenía síndrome de perro callejero, ya que disfrutaba más la austeridad.

 

Bendición antes de andar

El parque principal de Socha estaba lleno de carros: en tres costados, volquetas y frente a la entrada de la iglesia, vehículos livianos y motocicletas. Después de la misa de diez, los diferentes sacerdotes procedieron a realizar la tradicional bendición de vehículos y conductores de Sábado Santo, acompañándolos con sus oraciones y rociándolos con agua bendita. Me situé al final del espacio reservado para las motos, junto a dos bicicletas más, recibiendo las buenas intenciones del sacerdote. Mi compañero de bendición en cicla de ruta me recomendó tomar la vía destapada por Socha Viejo a Tasco para evitar el abundante tráfico pesado, pues estábamos en la zona minera de explotación de carbón de coque.

La despedida de doña Dora Luz, la dueña del hotel, fue emotiva. Muy amablemente realizó un descuento especial sobre la tarifa pactada por ser amigo del Profe Sabogal. La vía rural recomendada parecía una súper autopista comparada con el camino de herradura que atravesaba el Páramo. Entre fincas, cultivos y entradas a proyectos mineros arribé a Tasco hacia la una de la tarde. Allí tome una pausa para almorzar frente al parque principal y preguntar sobre el paso de Bolívar por el pueblo. Me remitieron a la escultura ecuestre hecha de chatarra ubicada en el parque y su placa conmemorativa. En Tasco, Bolívar organizó los primeros hospitales de sangre para sus tropas, que debieron quedarse por varios días para su recuperación y aprovisionamiento de caballos y víveres.

El recorrido por el pueblo fue corto, debía continuar al encuentro programado. Unos cuantos kilómetros por pavimento, muchas preguntas sobre el desvío a tomar y luego de las indicaciones dadas, pude encontrar el serpenteante camino a Betéitiva. Al llegar al pueblo pregunté a un par de niños en bicicleta si sabían de un lugar para hospedaje y fuimos a preguntar de casa en casa por posibilidades. Luis Gabriel y Sebastián me llevaron al hospedaje y cafetería el Triunfo. Me acerqué a la enrejada ventana y pregunté a la dueña Dorelly Acero por habitación para tres. Ella preguntó displicentemente que quien era yo, le contesté y le conté de nuestro viaje, luego me preguntó si traía la recomendación del alcalde. La absurda petición era sorprendente, le dije que no la poseía, pues llevaba tan solo veinte minutos en el pueblo y no tenía el gusto de conocerlo. Me dijo en humillante tono de propietaria resabiada que ella no hospedaba a cualquiera.  Ante la falta de recomendaciones gubernamentales y la risa de Luis Gabriel y Sebastián por el extraño comportamiento de la señora, fuimos a buscar otra opción.

 

La Negra

Solucionamos lo del hospedaje en una casa cerca de la iglesia. Me recomendaron buscar a Herminda a dos cuadras de allí para encargarle las comidas. Toqué a la puerta y me atendió Camila -su hija- haciéndome pasar al interior de su casa con huerta y vista a la cordillera. En la cocina, una menuda mujer me dio la mano y se presentó con ímpetu: “Mucho gusto, Herminda Machuca Rico”. Ante el regaño de su hija (por lo del rico) y las carcajadas de su madre, supe inmediatamente que les iba a encantar a mis compañeros su estancia en Betéitiva, alimentados por esta simpática y siempre sonriente mujer.

El encargo de comidas fue realizado y me despedí momentáneamente para recorrer el pueblo a la espera de Nelson y María Johana. Cerca al parque, la familia Daza me preguntó del viaje, conversamos y luego esgrimieron sus conocimientos regionales sobre la importancia de sus respectivos pueblos en la gesta libertadora. Hacia las seis de la tarde me señalaron el arribo del bus, agradecí sus atenciones y fui en busca de mis compañeros. Traían completamente desarmadas las bicicletas en uno de los asientos del pequeño bus y las ruedas en los maleteros. Mientras armaban las bicicletas, les pregunté si habían traído la carta de recomendación del alcalde, igual de sorprendidos, no entendieron la pregunta y les conté el complejo momento por el que había pasado buscando hospedaje, así como la simpática experiencia con Herminda y fuimos a su encuentro.

La Negra, como la conocen todos en el pueblo los recibió con un solo apellido para alivio de Camila. La constante mamadera de gallo de su madre y su jocosa charla mientras preparaba los alimentos fue el preámbulo al recuento de su historia de vida en una simpática y amena noche de reencuentro. Herminda regresó a Betéitiva después de muchos devenires en la vida. Instruida en las artes culinarias con religiosas, vivió en Bogotá muchos años y con una carga de relaciones amorosas frustradas, tomó a sus hijos y regresó a su pueblo. Montó un negocio de comida, atendió a contratistas, los alimentó, no le pagaron y la quebraron. Trabajó en el colegio preparando las generosas raciones de los escolares hasta que llegaron los subcontratistas estatales de los servicios de alimentación. Arrancó de nuevo en casa arrendada, atendiendo visitantes y esporádicos turistas. Y la verdad sea dicha, Herminda sí machuca rico los patacones, cocina rico, habla rico y vive muy rico, pues de su huerta toma todas las legumbres y plantas que usa como ingrediente de sus comidas, además de huevos de sus gallinas saraviadas.

Regresamos a visitar a la Negra para el desayuno. Nos señalaron sobre la montaña el posible trayecto a seguir, pero Camila nos sugirió una vía más pedaleable, dándonos las indicaciones necesarias para llegar a Tutazá. Camila nos invitó a caminar hacia el sector del acueducto del pueblo donde estaba el empinado camino real por donde pasaron las tropas provenientes de Tasco y los restos de lo que creímos fue una columna en piedra como señal de paso.

 

La gente en la libertadora

La Ruta Libertadora debía continuar. Recogimos nuestros equipos y con algo de nostalgia fuimos a despedirnos de la Negra con foto de grupo tomada por su hija. El reinicio de la travesía grupal fue plácido, entre fincas y gente a quien preguntar la orientación correcta ante la infinidad de posibilidades. La vía se tornó amable en un constante sube y baja de montañas, nada comparable al paso del Pisba. Tan solo debíamos sumarle 200 metros de altura a los 2.500 a los que se encontraba Betéitiva. Luego de cuatro horas, llegamos al alto de El Topón e iniciamos nuestro descenso hacia la vía pavimentada. 

En el camino encontré a don Gustavo Solano, un campesino en su bestia al que me hubiera gustado cambiársela sin titubear por mi bicicleta tres días atrás. Entrados en confianza tras escuchar nuestra procedencia, me dejó subirme a ella y me prestó su atuendo para una foto tomada por él. Estábamos en la vereda Tirinquita de Belén a unos cuantos kilómetros de la pavimentada. Dimos las gracias a don Gustavo por su voluntad de escucha, de habla, de orientación, su disposición de tiempo y ayuda a peticiones de desconocidos. Tuvo que ajustar la silla de su caballo (que a mi primer intento se giró), prestarme su ruana, su sombrero y, para terminar, aprender a disparar la cámara.

Un par de kilómetros más adelante, Edgar Guerrero bajaba en bicicleta a recoger su ganado. Miró mi carga con algo de duda, me pidió pulsear la bicicleta, nos detuvimos y su rostro reflejó el peso de las alforjas. Le ofrecí probarla e hicimos el intercambio. La de él sin cambios, muy mal de frenos y con un lazo sobre el manubrio. Edgar aprendió rápidamente a manipular las palancas de cambios. Pedaleó intensamente cruzando el puente sobre el río, donde sus compadres lo vitorearon ante la velocidad que llevaba. La meta era el borde de la pavimentada donde estaban sus animales.

La reagrupación fue a las tres de la tarde en el cruce de la vía pavimentada. Comimos algo en la tienda y mientras dudábamos en ir a Tutazá, le hice señas a un ciclomontañista que se dirigía hacia Belén. Era José Albarracín, un ingeniero mecánico que vive en Duitama y para nuestra sorpresa gran estudioso de la gesta libertadora. Al preguntarle la razón nos explicó que debido a su trabajo como contratista debía viajar e interactuar con otros profesionales y que algunos pensaban que Boyacá era solo papa y cerveza, que no tenían conocimiento de lo importancia de su departamento en los eventos de la campaña que nos dio la libertad.  Nos explicó que estábamos equidistantes a Belén y a Tutazá, pero que debíamos ir a este último, pues de allá era la Virgen invocada por Bolívar en la batalla del Pantano de Vargas, cuando pidió ayuda celestial, pero olvidó su nombre y terminó diciendo: “Virgen, de allá… de donde hacen tiestecitos”.

Once kilómetros distaban del pueblo, planos inicialmente sobre el pavimento hasta el arco que enmarcaba la subida. El amago de lluvia era latente, perjudicial para mi fuerte estado gripal producto de haber estado mojado en el Páramo. Decidí adelantarme y pedalear fuertemente hasta Tutazá, arribando a las cuatro de la tarde a una solitaria plaza. No había restaurantes, solo un asadero de carne a la llanera y tres clientes con varias cervezas encima. La llovizna se tornó en aguacero y tuve que escampar en el techo contiguo. Un señor bajo el mismo alero me facilitó su gran sombrilla para ir a hablar en la posada El Libertador, al otro lado del parque. Reservé las habitaciones con Luz Marina, la encargada del hotel, que prometió tenerme aguapanela con jengibre para atacar la gripa.

La sombrilla fue retornada a su dueño y esperé por mis compañeros que llegaron completamente mojados media hora más tarde. Continuaba lloviendo y les indiqué que la única opción de comida era en el lote contiguo. Guardamos las bicicletas, pedimos la carne, hablamos largo con el dueño y su esposa. Ya con algo más de confianza le insinué que colocara una canción que todos se supieran para cantarla y hacerles un video. La escogida fue “Ojitos verdes”, muy sentida y bien cantada por los “entonados” clientes. Tuvimos que ir al hotel en medio de la fuerte lluvia con nuestros ponchos encima y el apoyo de Carlos, un pequeño niño que le brindó interesada ayuda a María Johana con su bicicleta, con el fin de que se la prestara para darle vueltas al parque bajo el cobijo de su ruana de lana que termino hecha esponja de Páramo después de media hora de pedaleo.

En la mañana Luz Marina preparó los desayunos, “horneó” los zapatos de Nelson y María Johana, alimentó a un par de policías, atendió a su hija universitaria y mil quehaceres más, como gran cantidad de mujeres trabajadoras. Nos recomendó visitar la iglesia para ver la pintura de Bolívar y la Virgen del Rosario, patrona de Tutazá. El libertador visitó el pueblo el 14 de julio de 1819 con el fin de orarle a su Virgen y pedir por el buen desarrollo de su campaña. Frente a la plaza hay una escultura de Bolívar y la Virgen que los turistas sin falta van a ver los domingos después de misa. Infortunadamente la mujer perteneciente a la última familia que producía los tiestecitos en la zona había fallecido y ahora los que venden en la tienda de recuerdos, son traídos desde Ráquira.

El descenso desde Tutazá fue rápido. En una hora llegamos a Belén, la tierra del héroe local, Pedro Pascasio Martínez, un niño soldado de trece años que en la batalla del Puente de Boyacá capturó a Barreiro y le dijo no al soborno que este intento hacerle por su liberación. Mientras comíamos del famoso queso de Belén y hacíamos algunas fotos, María Johana fue a arreglar nuevamente su bicicleta al taller de Alexis Téllez, quien tuvo que bajar la rueda delantera y hacerle mantenimiento general.

La llovizna hizo que paráramos nuevamente en Cerinza, pero nuestro plan era llegar hasta Duitama, así que tomamos la decisión de sacar nuestros impermeables y continuar el trayecto a pesar de la lluvia. La larga subida al alto de Portachuelo dividió el grupo y al iniciar el descenso la cantidad de agua sobre el pavimento hacia que las cunetas de desagüe fueran insuficientes, dejando el agua sobre la vía. La decisión de continuar hasta Santa Rosa de Viterbo fue acertada. Busqué el primer restaurante que me recomendaron, pedí algo de sopa caliente y cambié rápidamente mis empapadas ropas para no darle avance a la gripa. Al terminar me comuniqué con Nelson y me dijo que aún estaban escampando en el alto de Portachuelo, así que la opción era buscar hotel mientras ellos llegaban.

El dueño del restaurante me recomendó el hotel Buganvil a un par de cuadras. Doña Ana Lucia -su propietaria- reacomodó sin pensarlo dos veces la sala de su casa para permitirnos guardar las bicicletas y me llevó hasta el tercer piso a uno de los cuartos. Otra larga ducha de agua caliente y envié los datos del hotel a mis compañeros. Calienticos y algo más limpios fuimos a recorrer el municipio. Terminamos comiendo génovas en Dolce Tentazione, el negocio de Leonardo Valcaser, quien tiene una decoración con impresiones digitales de los hechos y personajes históricos de Santa Rosa de Viterbo, la colombiana y la italiana, pues nos explicó que de allí se tomó el nombre del municipio. Relató con lujo de detalles y acento de historiador la entrega del caballo blanco a Bolívar enviado por Casilda Zafra, reconocida como el oráculo del pueblo, quien había soñado que el potro de su yegua preferida sería para un gran general. Luego de la victoria del Pantano de Vargas, Bolívar recibió el hermoso caballo, bautizándolo como Palomo, quien lo acompañó en infinidad de batallas.

Media cuadra adelante, con ánimo de entablar charla con los pobladores locales, decidí hacerme corte de pelo con don Jorge Morales -fotógrafo y peluquero- quien, en medio de su trabajo, sirvió de modelo de su colega Nelson, contándonos algo de su historia en el pueblo y de los suficientes años de trabajo en sus dos pasiones. Continuamos el recorrido hacia el parque principal y aunque ya era tarde le conté a Nelson de los tradicionales lunes de mercado en Santa Rosa, en la plaza a un par de cuadras de allí. Nelson se fue a hacer fotos en la zona de frutas y verduras, mientras que María Johana y yo hablábamos con doña Martha, quien nos contaba del envió de cuarenta cabezas semanales de cordero desde Chocontá a su casa para elaborar el plato típico de la zona: “rostro divino” o cabeza de cordero guisada. Muy amablemente esperó entre nuestra charla a que Nelson llegara para la consabida foto, pues le quedaban solo un par de expresivas cabezas.

Frente al negocio de Martha estaba el de Isabelita, la vendedora de fritanga, quien nos obsequió una degustación de sus productos sin mayor reparo, solo por la buena charla. Era increíble la cantidad de buenas personas con la que habíamos podido interactuar en dos días de travesía.  El encanto de los pueblos del camino no siempre está en sus atractivos turísticos o históricos, sino en compartir con gente “buena papa” como ésta en el recorrido, que con su disposición de servicio y carisma hacen que uno no quiera partir.

 

Los grandes monumentos

La salida fue temprano para tomar la vía a Duitama con poco tráfico. El Pantano de Vargas era relativamente cerca, así que pudimos hacer una parada extra en el Pueblito Boyacense, una especie de aldea comercial y residencial construida replicando la arquitectura y color de los municipios del departamento. Muchos pueblos en un solo lugar.  Buscamos nuevamente el camino alterno para evitar el tráfico pesado de la autopista. El Pantano de Vargas estaba a unos diez kilómetros tan planos que incluso un hombre llevaba a sus grandes perros dóberman de paseo trotando mientras el conducía bicicleta.

Infortunadamente para nosotros, pero en busca de tener el monumento impecable para la celebración del 25 de julio, no pudimos acceder a él. Las obras de remodelación de la plazoleta principal impedían nuestro acceso teniendo que conocerlo perimetralmente. La imponente obra del maestro Rodrigo Arenas Betancourt resalta la valentía de los catorce lanceros que en un momento de pérdida de fe por parte de Bolívar y después de encomendarse a la Virgen de la cual se le olvidó el nombre, delegó en Juan José Rondón la responsabilidad de cambiar el adverso momento de la batalla diciendo las famosas palabras: “Coronel, ¡Salve Usted la Patria!”. El Ejército Libertador después de esa dramática batalla en la cual logró a último momento revertir una segura derrota, tomó como ejemplo el arrojo de los lanceros y con mayores bríos siguió su camino hacia Tunja.

Acostumbrados a ver ruinas por el camino, decidimos hacer el paso por la hacienda El Salitre donde Bolívar paso la noche del 3 y 4 de agosto planeando su aproximación a Tunja. La sorpresa fue mayúscula al encontrar una casona convertida en hotel con una preservación histórica inmaculada, digna de la celebración de cualquier tipo de evento cultural o social. Solicitamos permiso para el ingreso y recorrimos lentamente sus bellas instalaciones.

La vía hacia Paipa era destapada. La lluvia nuevamente hizo incrementar nuestra velocidad y aceleró nuestro deseo de encontrar albergue. Frente a donde nos resguardábamos de la lluvia estaba el hotel Libertadores. María Johana cruzó la calle para averiguar por habitaciones, encontrando un precio favorable a nuestro presupuesto y con la fortuna de tener al lado las piscinas termales Panorama, que le había recomendado una amiga. La suerte estaba con nosotros.

Aunque Bolívar hizo el avance hacia Toca de noche, nosotros esperaríamos al amanecer para hacerlo. Doña Myriam Ávila, la encargada de turno del hotel, preparó nuestros desayunos y nos dio las indicaciones del camino. Tomamos la vía rural entre uno de los más bellos paisajes de la travesía, con infinidad de apreciables tonos de verde, cultivos de toda índole y el desarrollo de la industria exportadora de flores en auge. Encontré a una mujer pedaleando hacia su trabajo, me dijo que estábamos a once kilómetros de Toca, pues ella tenía que hacer ese recorrido en su bicicleta, de un solo piñón diariamente, ida y regreso. A buen paso, Sabina -de cincuenta y cuatro años- me fue contando su vida sin reservas y sobre su oficio en la floristería donde entraba a trabajar a mediodía. Me dejó ubicado en el pueblo, donde se despidió amablemente después de la foto.

Tunja estaba cerca y según lo averiguado, la vía era en descenso. Decidimos buscar buen almuerzo por si las dudas y partir hacia Chivatá. Un hombre en motocicleta con maletines de viaje paró delante de mí. Era un argentino que se hacía llamar Yago, en un viaje sin afán atravesando Suramérica con destino a Villa de Leyva esa noche. En el pueblo una pequeña plaza central y a la salida la piedra que recordaba el paso del libertador el 5 de agosto de 1819.

La capital de Boyacá estaba en obra. Hacia las cuatro de la tarde, luego de unas pequeñas subidas nada alentadoras, llegamos a la Plaza de Bolívar finalizando la jornada.  Innumerables veces había pasado por Tunja y no conocía aún el centro histórico de la ciudad. Estaban preparándola para el bicentenario: vías céntricas en remodelación, algunas reparaciones a las fachadas históricas y otras menores a los monumentos. A un costado de la plaza se realizaba una reunión con la presencia del alcalde de Tunja y el gobernador de Boyacá, Carlos Andrés Amaya, quien siempre viste su característica ruana. 

Karen, amiga de Nelson, y German, su esposo, quienes seguían la travesía por las redes, ofrecieron amablemente su hogar para pasar la noche. Nos acomodaron en un generoso espacio donde funcionaba una tipografía del padre de German. Después de vestirnos medianamente decentes, subimos al tercer piso de la casa a compartir la comida y en aras de celebración pedimos pizza. Karen trabajaba en procesos de parto asistido, pero tiene en su mente junto a German el gran proyecto de poder vivir en el campo y del campo. Conocimos a Laura, la hermana de German, quien trabajaba junto a él en la recolección de semillas nativas. Nos contó de su cine ambulante y un futuro proyecto cinematográfico en Contratación, Santander. Ella había tenido que empezar de cero muchas veces, pero entre sus historias de esfuerzo, dijo una frase de esas que se puede robar y repetir incansablemente hasta que empieza a retumbar: “Llegó el momento de dejar de producir y empezar a existir”.

El desayuno fue lento, como del que no quiere irse de una casa donde se siente bien. Hicimos la foto de despedida e iniciamos el tramo hacia el Puente de Boyacá. Debimos tomar ineludiblemente la autopista doble calzada, en una hora con gran flujo vehicular.

El monumento está a trece kilómetros de Tunja, dividido en dos por el paso de la vía, dejando a un lado el arco del triunfo sin posibilidad de visita y en el otro, el gran complejo al que se puede acceder en carro.  Es sin duda una gran extensión de tierra dedicada a resaltar la importancia de tan decisiva batalla. El pequeño puente y el discreto caudal del río Teatinos no refleja lo difícil que fue su paso hace 200 años. El puente según la historia tenía tan solo dos metros de ancho y una luz de cinco metros, siendo el único paso posible en la zona para combatientes y animales dada la fuerza de sus aguas, así que es fácil imaginarse lo cruento que debió ser la situación de dos bandos tratando de pasar de un lado al otro.

Nuestra visita al Puente de Boyacá fue engalanada por el canto desprevenido y sin preparación de los alumnos y profesoras del colegio Sede Rural Pantano de Vargas de Paipa, quienes amablemente complacieron mi petición con una oportuna canción para el momento.

“Si hay un niño llorando en la calle,

no podemos cantar libertad.

Si hay un niño empuñando las armas,

No podemos cantar libertad.

Libertad, libertad,

dónde estás, dónde estás.

Libertad, libertad,

dónde estás, dónde estás”.

 

Nuestro esplendido viaje había llegado a su fin. Tomamos las fotos “posudas” de culminación de la travesía y nos fuimos en bicicleta hasta Ventaquemada. María Johana debía entrar a trabajar a las ocho de la mañana del día siguiente, viernes 26 de abril, por lo cual solo nos quedó la opción de viajar en camión hasta Bogotá. Regresé a Bucaramanga tres días después. Recibí el regaño familiar por el episodio del paso del Pisba, y me dediqué a digerir pausadamente todos los sucesos y pormenores del viaje, mientras editaba las fotos y planeaba con detenimiento la realización del viaje complementario por “las bravas tierras de Santander”.