El paso del Pisba. Cap 4 La Ruta Libertadora en bicicleta.

Atravesar el Páramo en una jornada de diez horas en mula como lo teníamos planeado, terminó convertido en cuatro días de sufrimiento y la disgregación del grupo, luego de tratar de avanzar empujando y alzando las bicicletas. La repetición del ciclo vivido por Bolívar y sus hombres 200 años atrás había llegado, convirtiéndose en todo un desafío por el continuo ascenso, las bajas temperaturas, el estrecho camino, la lluvia, la falta de comida y el cansancio.

Días intensos.

 

Tomamos la salida de Pisba rumbo a Tobacá a las once y media de la mañana. La llovizna continuaba, era imperativo que pernoctáramos en Pueblo Viejo para madrugar y hacer el paso del páramo el miércoles, puesto que el jueves y viernes en las poblaciones con gran influencia de la semana religiosa, se guardan los días santos, es decir, no se puede hacer nada. Incluso hay algunos que cocinan el miércoles para los dos días siguientes. No se debe trabajar y mucho menos viajar.

La carretera estaba mojada, pero en buen estado. Ya era perceptible el cambio de vegetación en la zona, indicador de ir en ascenso. Sabíamos que en algún momento la carretera terminaría. Después de un buen tramo encontré a don José David, un campesino en mula que me pronosticó una hora más para llegar a Tobacá. Al llegar pudimos observar sobre la montaña delante nuestro, los pronunciados cortes en zigzag por donde debíamos subir con las bicicletas. El reto había llegado. Esperamos a Fernando en casa de su familia quienes nos vendieron bebidas. Veinte minutos más tarde llegó, estaba en el bosque trayendo unos árboles para leña. Después de descargar los pesados troncos nos manifestó su imposibilidad de hacernos el viaje pues tenía comprometida sus mulas.

Sin mulas

Teníamos el contacto de don Jesús Mendivelso, al cual llamamos y también nos dio su respuesta negativa. Sus mulas estaban comprometidas para el día siguiente. Fernando tomó su teléfono y le dijo a su señora que le buscara el número de doña Marora. Le contó de nuestro viaje y ella le dijo que siguiéramos hasta la escuela, que estaban todos en una reunión y que allí miraban como nos colaboraban y acomodaban en la noche.

Con ese nuevo aliciente continuamos rumbo a Pueblo Viejo, pero el empinado camino y paso sucesivo de quebradas hizo que tardáramos más de la cuenta. Me adelanté tratando de buscar la desviación para llegar a la reunión en la escuela. Por mi imaginario rodaba la escena de estar llegando a una reunión de escuela, donde me recibían con jugo de cajita y un paquete de galletas, para luego presentarme ante los asistentes, contar nuevamente la historia de viaje y así lograr nuestro cometido de posada y mulas para el día siguiente. Caminé y pedaleé lo que pude. Pasé portillos, crucé quebradas, con el objetivo impuesto de llegar a la reunión, incluso un poco descuidado en mi andar pues estuve a punto de pisar una serpiente taya x con mi bicicleta. Busqué el desvío a la escuela, pero en la oscuridad no lo encontré. Pedí ayuda gritando en las únicas casas que vi en el camino, pero no había nadie. Abandoné la bicicleta a un lado de la vía, cerca de una de ellas. Imaginé que sus propietarios estaban en la reunión. Me adelanté rápidamente en busca de alguna señal de las personas, sin resultado alguno. Después de quince minutos y a oscuras regresé en busca de la bicicleta. Era la tercera casa en el camino, encendí mi linterna y decidí pasar el portillo hacia el interior de la propiedad. Todo estaba con candado, esperé un rato más y dejé la bicicleta para volver a buscar a Nelson y María Johana, llevándoles una lata de atún.

 

La pugna entre la ley de Páramo y la subsistencia

Tras cuarenta minutos de caminata y pitando por tramos, escuché a Nelson y María Johana. Me indicaron por donde pasar la cerca, estaban en la casa del señor de las mulas, don José Mendivelso. El ambiente era tenso, nada amigable. Ellos habían parado allí a cambiarse de ropa, pero a su lado estaba Alberto, un vecino refunfuñando por nuestra presencia. María Johana y Nelson que ya llevaban buen rato lidiando con la dura situación me explicaron brevemente que existía una prohibición comunal de ayudar turistas para ir al Páramo, pues unos funcionarios del Ministerio de Ambiente se hicieron pasar por turistas y eran espías.  La gente de la comunidad solicitó ante el Ministerio la construcción de la carretera, a la cual le negaron el permiso por estar en medio del Parque Nacional Natural del Pisba. Alberto se había referido a nuestro viaje como diversión, mientras para ellos era sufrimiento cotidiano. Se retiró rezongando y dejando en el ambiente el latente “no permiso” para continuar el viaje y el futuro bloqueo a las actividades de celebración del bicentenario en la zona.

Entendía completamente el malestar de la comunidad de Pueblo Viejo y la problemática social suscitada entre querer tener su vía de comunicación versus la oposición del Ministerio ante el daño ambiental que eso acarrearía.  Jamás he estado de acuerdo con las “vías de hecho” como mecanismo de solución de problemas. Me sentí completamente frustrado, en tantos años de travesías era la primera vez que me negaban ayuda. No entendía como tres personas atravesando el Páramo en bicicleta podían generar tanta incomodidad en algunos miembros de la comunidad. Nuestro paso por la trocha no iba a mejorar o empeorar el conflicto de la comunidad con el gobierno.

Llamamos nuevamente a Fernando -el presidente de la Junta de Acción Comunal de Tobacá- a contarle lo sucedido y solicitarle el favor de llamar al presidente de la Junta de Pueblo Viejo o en su defecto a quien fuera necesario para permitirnos el paso. Hicimos varias llamadas tratando de conseguir mulas y ante la negativa general de ayuda llamé a uno de los contactos del Profe Alberto Sabogal, doña Ana Luisa Cantor -al otro lado del Pisba, en la vereda la Romasa– quien nos estaba esperando al día siguiente con posada. Le conté lo sucedido y le pregunté si tenía mulas o conocía a alguien que las tuviera, pero infortunadamente no sabía de nadie.

Nos hicimos a un lado los tres, a tratar de buscar soluciones o definir el paso a seguir. Por consenso general y luego de mirar las opciones de regreso o proseguir, decidimos continuar la travesía con la esperanza de solucionar lo de las mulas. Doña Eistenia -esposa de don Jesús- me ofreció un poco de comida, hablamos con ella y el seminarista que se estaba quedando con ellos, pero me sentía muy incómodo por la situación. Preferí regresar a dormir en la casa donde estaba la bicicleta.  Me llevé la bicicleta de María Johana para aligerarle un poco el paso en la mañana y esperarlos temprano. Llegué a armar mi sitio de dormida en el zaguán de la casa con el plástico y el impermeable que portaba en mis alforjas, una banca de madera me ayudó a impedir la brisa. Afortunadamente contaba con agua en una manguera que caía sobre el lavadero, así que pude lavar mis ropas y bañarme para tratar de dormir un poco y recuperar fuerzas. Pude sintonizar en el radio, la emisora de Labranzagrande (el pueblo vecino), llamada Piedemonte Estéreo, que, entre carranga, rancheras, música carrilera y joropos me entretuvo mientras buscaba conciliar el sueño.

 

Viacrucis

Las llamadas de la mañana fueron infructuosas, no había mulas disponibles. Llamé a Manuela Pidiache a contarle nuestra situación y ella me consiguió los números de la gente de la zona con mulas, pero ya habíamos hablado con todos. Recogí mi equipo y estuve en la vía pendiente de mis compañeros. A las ocho de la mañana llegaron a buscarme con malas noticias, les dije que tampoco había conseguido ayuda. En la mañana había visto pasar mulas con carga por una gran pendiente a un costado de la casa. Ese era el camino al que debíamos enfrentarnos, angosto y con tramos de piedra de corte irregular que servían de escalón; era la misma vía usada por el ejército patriota hace 200 años, solo apta para el paso de mulas y completamente imposible para empujar la bicicleta.

Tomamos las primeras fotos del trayecto, pero al cabo de un rato nos vimos imposibilitados anímicamente, por tener que alzar la bicicleta la mayor parte del tiempo. No queríamos saber nada de las cámaras, solo deseábamos avanzar y tratar que las ruedas de nuestras estorbosas bicicletas estuvieran en contacto con el suelo rodando el mayor tiempo posible. María Johana se colgó el morral con sus pertenencias y yo le subía su bicicleta a mis espaldas por tramos de 600 pasos, luego se la dejaba a un costado del camino y regresaba por la mía. Ella la recogía y continuaba subiendo hasta que yo la alcanzara nuevamente. Con esta logística, repetimos el procedimiento varias veces, pero incluso así el avance era muy lento.

En la subida encontrábamos ocasionalmente gente con mulas, algunas sin carga, le solicitábamos el favor, pero siempre recibimos un no como respuesta. La negativa reiterada de “ese alguien” en la zona que prohibía el ayudarnos, llegó hasta el último de los conductores de mula que no tenía por qué estar enterado de lo que había pasado en Pueblo Viejo la noche anterior. La oposición de ayuda a los extraños estaba teniendo carácter de ley, extrañamente todas las opciones para el paso del Páramo se cerraron. 

Hacia las tres de la tarde me encontré con Javier Cárdenas, un campesino joven de la zona quien bajaba con sus mulas. Le conté nuestra historia y decidió ayudarnos sin problema. Acordamos el precio del paso de la carga, me dejo su número telefónico y dijo que a las nueve de la mañana en punto del día siguiente vendría por nosotros con dos mulas. Nos sugirió buscar más arriba una casa a la derecha del camino para que durmiéramos. Salimos en busca de la casa según las señas de Javier, paramos en un portillo y fuimos a buscarla pantano adentro sin encontrarla. Regresamos al camino y decidí ir a buscarla más arriba sin equipo. Casi en maratón, producto del desespero y el cansancio por tratar de buscar un buen sitio para dormir y afrontar el paso difícil temprano. Llegué a borde de Páramo después de treinta minutos sin encontrar refugio para pasar la noche. A mi regreso destapamos una lata de sardinas con algo de «arepuelas» de trigo del desayuno de María Johana. Resolví bajar nuevamente a buscar la famosa casa dándome un plazo máximo de treinta minutos para encontrarla o regresar a solucionar como dormir. A las cuatro y media de la tarde estaba de regreso para dar inicio a la instalación de un improvisado «cambuche» hecho con plásticos, el poncho impermeable de cada uno como paredes y nuestros maletines como cortina tapando huecos para evitar la fría brisa nocturna.

Mientras nos poníamos ropa seca, María Johana nos mostró sus piernas completamente amoratadas y con mayor volumen de lo habitual; afortunadamente no sentía dolor, pero estaba un tanto preocupada. Sin lugar a duda fue la peor noche de todas. Llovió intensamente, tuvimos que acomodarnos en el estrecho espacio en cucharita para evitar el mojarnos y calentar a María Johana en medio. Cuando se nos cansaba ese lado de la cadera, nos volteábamos todos al tiempo para apoyarnos en la otra. Javier no contestaba el teléfono. Tenía mis dudas e insistimos varias veces para concretar el acuerdo, así que empecé a descartar la posibilidad de ayuda e hice el planteamiento de qué haríamos si no venía con las mulas. Las circunstancias eran críticas: el cansancio, la frustración y la incertidumbre nos acosaban. María Johana y Nelson me dijeron que se regresarían y era entendible. Respetuosamente les manifesté mi interés de seguir subiendo solo, si eso llegara a pasar.

 

Calvario

Fue una larga noche durmiendo incómodamente y a intervalos. La lluvia nos quitó espacio, todo se empezó a mojar, así que debimos descansar por turnos, dos acostados y uno sentado, con la única emisora disponible en onda corta, Radio Martí de Cuba. En la mañana, muy a las seis, llamamos a concretar las mulas, pero extrañamente Javier también se negó, dijo tenerlas ocupadas. Era increíble que después de negociar el precio y la hora de salida todo se hubiera dañado. Eran demasiadas coincidencias sospechosas, la suerte estaba echada, seguiría subiendo solo.

Desmontamos el campamento, llamé de nuevo a Javier y le conté que yo continuaría, pero le pedía encarecidamente el favor de venir a ayudarlos a bajar nuevamente a Pueblo Viejo, a lo cual no se negó, solo me explicó que tendría que hacerlo a pie, pues no podía utilizar mulas. Entendí completamente el mensaje. María Johana me entregó las pocas cosas que tenían de comer, un par de dulces, un paquete de Maní Moto, un trozo de panela y la lata de atún que había llevado de paseo la noche anterior a buscarlos. Afortunadamente había agua por doquier, más de la que necesitaba. Nelson y María Johana debían empezar a bajar hasta encontrar a Javier. Nos despedimos cerca de las ocho de la mañana con la aflicción de continuar el viaje de esa manera, además tendrían que esperar dos días, hasta el Sábado Santo para poder salir de Pisba.

La bicicleta alzada fue la constante en el inicio de la jornada. El peso de las alforjas me incomodaba, contaba treinta pasos, me detenía, descansaba unos cuantos segundos y repetía la operación. Duré una hora en llegar hasta donde había dejado la marca de piedras el día anterior, el doble del tiempo que gasté sin equipo. En el borde del Páramo la vía seguía siendo camino de herradura, teniendo que alzar la bicicleta continuamente. Tenía muy presente en mi mente los hechos históricos narrados en el periódico obsequiado por el Profe Sabogal, sobre el paso del Ejercito Libertador por el Páramo, donde la flagelación infringida como método de reactivar los fríos cuerpos de los soldados y la muerte sucesiva de algunos, fue una constante. Mi eufórico estado de ánimo, mezclado con la necesidad de llegar a un sitio para dormir me llevo a ponerme al límite. Comenzó a llover de nuevo. Si paraba me daría hipotermia, no tenía donde guarecerme, la mejor opción era mantenerme en movimiento.

En algunos tramos las alforjas de la bicicleta pegaban contra el borde del camino y solo hasta ese momento pensé en lo voluminoso de la carga. Si se hubieran amarrado las bicicletas a lado y lado de la mula no habrían pasado y se habrían estropeado los marcos con toda seguridad. La única posibilidad hubiera sido con las bicicletas desarmadas, las llantas amarradas de costado y los marcos sobre la mula con el problema de la incomodidad para el animal de llevar la carga verticalmente, además de no poder acomodarla correctamente por la biela con pedales y el manubrio.

Hacia las diez de la mañana llegué hasta una gran roca con un pequeño santuario a la Virgen, con cruces de madera como ofrendas y extrañamente la tapa de una lata de sardinas de la cual hubiera querido tener su contenido en ese momento. Pensé que este altar estaba situado en lo más alto del Páramo, pero estaba equivocado, el camino seguía subiendo.

Por sectores la ruta se hacía inapreciable y me preocupaba el perderme sin comida en el Páramo.  La única opción que tenía era dejar la bicicleta y seguir los abundantes rastros de basura para descubrir nuevamente la trocha a seguir. Hacia el mediodía encontré una derruida construcción que pensé era el Casino, un lugar de descanso, que nos habían recomendado para dormir, pero no tenía techo y estaba completamente expuesto al viento. Hubiera sido una pésima decisión, tratar de haber llegado el día anterior hasta ese punto y no encontrar refugio.

La lluvia no paraba. Hacia las dos y media de la tarde arribé a una construcción en madera con cubiertas de zinc. Paré momentáneamente a pensar bajo el techo escapando de la lluvia, sin parar de titiritar por el frío y caminando de un lado a otro mientras decidía que hacer. Entre la neblina divisé a un hombre con sus mulas que se acercaba, le pregunté dónde estábamos, me dijo que en el Casino y que él había salido de la vereda la Romasa a las once de la mañana. Llevaba tres horas y media de viaje en mula lo cual serian siete horas para mí con la bicicleta. Era un completo despropósito el seguir caminando hasta las nueve de la noche, sin conocer, mojado y lloviendo. Tomé la decisión de quedarme en el Casino.

El hombre se fue y mientras temblaba del frío quitándome la ropa para cambiarme caí en cuenta que jamás le pregunté el nombre o si llevaba comida (espero no hubiera sido una alucinación). Recogí toda la basura dentro de la casa y la deje en uno de los cuartos donde habían tratado de hacer una hoguera, retorcí mi ropa lo más que pude y la puse a escurrir, comí panela y unos dulces.

Un poco más caliente por la ropa seca y habiendo acomodado mi cama, comencé a comer el Maní Moto lentamente, de pepita en pepita, disfrutando hasta la última borona. Hacia las cuatro de la tarde paró de llover, me dispuse a inspeccionar los alrededores. Era un completo pantanal, no podía trepar la montaña sin encontrar agua de esta gran fábrica escurriendo por todos lados. La neblina se había disipado y no había más construcciones cerca. Por lo que podía apreciar hacia delante del camino aún me faltaba subir. Guardé el atún hasta las seis de la tarde, era la única proteína que comería en el día, así que aprecié cada uno de sus pequeños trozos. El frío comenzaba a incrementarse, así que tuve que acostarme vestido con todo lo que tenía seco para abrigarme y ponerme a jugar con el radio a buscar emisoras, durmiendo a intervalos, sobre las duras tablas.

Ya estaba despierto, cuando sonó la alarma de mi reloj de pulsera a las cinco y veinte de la mañana. Era Viernes Santo y mi opción de desayuno era solo panela. El día anterior había tenido que consumir todo para recuperar energía. Recogí mi equipo y hacia las siete de la mañana empecé a caminar de nuevo. Había más neblina que el día anterior, pero afortunadamente no llovía.  Podía montar por tramos, pero seguía ascendiendo. Me sentía mucho más tranquilo que en la anterior jornada, sabía que en algún momento tendría que empezar a bajar. Nuevamente la basura dejada en el páramo jugó a mi favor. En un tramo donde encontré tres posibles trochas dejé la bicicleta a un lado para inspeccionar cada una de las posibilidades; parecían igual de importantes por su tamaño y las huellas de las mulas, pero decidí irme por una donde encontré una botella plástica de gaseosa dos litros color verde aplastada. Con la incertidumbre de saber si era el correcto, caminé por diez minutos más hasta encontrar más rastros de basura. Me encontraba de nuevo en el camino.

La neblina estaba densa. Tomar fotografías en esas condiciones era absurdo. Pude observar varias lagunas en la mañana, pero no sabía si alguna de ellas era la famosa Laguna del Soldado, donde aparentemente Bolívar dio orden de arrojar a cuarenta de sus llaneros muertos en el Páramo. La trocha empezó a tomar carácter de vía. Habíamos escuchado que en semanas anteriores el gobernador de Boyacá había subido hasta la laguna en carro. La abundante cantidad de piedra suelta, su tamaño y la falta de alcantarillas dificultaría el propósito para el mejor de los 4×4. Podía pedalear intermitentemente por tramos, el terreno comenzaba a sentirse más plano. Súbitamente pude divisar un valle debajo del nivel en el que me encontraba, el anhelado descenso estaba por comenzar.

Mi mente pedía pedalear intensamente para salir del Páramo. Hacia las once y treinta de la mañana encontré la primera casa abandonada, luego otra y finalmente a la una de la tarde una casa roja, con festines de propaganda de cerveza y cajas afuera. Era una tienda. Después de dar las buenas tardes, salió un hombre. Le pregunté si estaba lejos de Peña Negra, me contestó que ya la había pasado, me sentí un poco desconcertado y le pregunté por la casa de doña Ana Luisa Cantor y solo dijo: “Ya Llegó”.

 

Resurrección

Rigoberto me hizo seguir a la casa. Doña Ana Luisa Cantor me recibió un poco incrédula por lo que había hecho pues la había llamado tres días antes para pedir posada para tres y llegué solo. Después de tres noches de Páramo aguantando frío y racionando comida, la bienvenida de la recomendada del profesor Sabogal fue salvadora. Un pocillo de aguapanela con pan en el alto de la vereda la Romasa -como me manifestaron se llamaba el sitio- y su tienda El Salitre.

Dylan -el nieto de doña Ana- estaba terminando su tarea para el colegio, un dibujo a color del Pozo del Soldado, pues me explicaron que era una laguna muy pequeña casi sin agua donde supuestamente sucedieron los hechos históricos. Mientras contaba la historia de viaje, Neida, la madre de Dylan, me ofreció un glorioso plato de arroz con fideos, papas y carne que mi cuerpo supo apreciar enormemente. Nos despedimos después de la foto familiar, debía seguir bajando para llegar a Socha.

Unos cuantos kilómetros más abajo después del cruce de la Romasa, un grupo de jóvenes me detuvo a preguntarme de donde venía, repetí la historia y me brindaron gaseosa. Uno de ellos llamó inmediatamente por teléfono a su padre, le contó parte del periplo y me dijo que lo visitara. Don Jaime Cáceres Cerda, que vivía dos kilómetros más abajo, en la vereda Comeza Hoyada, estaba afuera sobre la vía esperándome. Me invitó a pasar a su casa, a sentarme a la mesa y a degustar otro almuerzo. Conversamos de lo significativo que era para él y su familia el tenerme en su casa, después de haber tenido toda esa vivencia en solitario, pues él conocía la rudeza del Páramo de Pisba desde su juventud.

La desinteresada y generosa ayuda de esta familia fue agradecida con una nueva foto familiar. Continúe bajando por la vía, habían transcurrido escasos veinte minutos y paré a tomar la foto de un molino de maíz propulsado por agua de más de 200 años. Se me acercó su propietario, preguntó mi procedencia y me hizo seguir a su casa. Don Luis quería mostrarme su molino por dentro. Infortunadamente no encontró las llaves del candado, pues su familia estaba en la larga misa de Viernes Santo y se las habían llevado. Me invitó gaseosa y un generoso pedazo de mantecada hecha por él, con trigo de su finca y harina de su propio molino.

Las generosas atenciones de todos estos paisanos me tenían contento, muy animado y repleto, no podía comer más. Era increíble lo que había sucedido en menos de dos horas, compartiendo la historia de viaje de un desconocido con estas familias que sin proponérselo habían logrado borrar de mi mente el sinsabor de lo sucedido en Pueblo Viejo.