La Ruta Libertadora. Arauca Parte 1

Doscientos años atrás un grupo de valientes venezolanos y colombianos emprendieron la no fácil tarea de ir combatiendo paso a paso sobre una inhóspita ruta. Tras 46 días de movilización y batallas por los poblados de nuestro país ganaron la gran batalla del Puente de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Nada mejor que rendirles un homenaje a estos valientes hombres en su proeza que hacerlo a nuestra manera, en Bicicleta repitiendo la ruta.

Bicentenario de la libertad.  Colombia 2019

 

2019 es un año especial para los colombianos, cumplimos 200 años de la batalla sobre el Puente de Boyacá, considerada el inicio de la independencia del norte de Suramérica. Nelson propuso que lo celebráramos haciendo un viaje fotográfico replicando La Ruta Libertadora, pero con mil paradas. El viaje estuvo aplazado casi tres meses, por razones de seguridad en la zona y complicaciones logísticas de todos los integrantes. Una semana antes de la celebración de la semana santa fue la más indicada para concretar el inicio de la travesía. Debíamos hacerla este año a como diera lugar por las obvias razones de la conmemoración del bicentenario.

 

“El día en que los colombianos, llaneros y amazónicos, dejen de mirar su historia con los ojos de los conquistadores y replieguen la mirada sobre su propia realidad natural humana e histórica, comenzaremos a entender que la patria nació en Arauca. La propia, la grande, la auténtica, la que llevó las banderas de la libertad hacia el Caribe, el Pacífico y los Andes”.

 (Manuel Zapata Olivella)

¿Qué va a hacer a Arauca?

La decisión de viajar en avión para evitar las 16 horas en bus desde Bucaramanga a Arauca vía Pamplona y Saravena era sabia, pero por el tamaño del aeroplano era imposible viajar con la bicicleta, así que tuve que desbaratarla, embalarla y buscar una empresa transportadora para su despacho. Al llegar a la empresa de carga el hombre encargado de la oficina regional escuchó el destino de mi paquete, me aparto del mostrador e inmediatamente me interrogo sobre la necesidad que tenia de ir a Arauca. Le conté sobre nuestro plan de hacer la Ruta Libertadora en bicicleta, insistido me pregunto si tenía conocidos en Arauca. Las cosas según el hombre no eran fáciles allí y debía llegar donde personas conocidas, me despachó el paquete prometiéndome que en tres días hábiles estaría en el destino.

Blanca, mi amiga de infancia era la persona que me recogería en el aeropuerto, vivía hace 20 años en la zona y era conocedora de como sortear nuestra permanencia en un territorio ajeno al centro del país. Tras cincuenta minutos de vuelo en un avión para cincuenta personas aterrizamos el viernes 5 de abril a las 9 de la mañana en la calurosa Arauca. Blanca me recogió junto a Carlos su esposo y me llevaron al centro de la ciudad donde trabajaban. Según ella estábamos en el anillo de seguridad de la ciudad donde estaba el comercio, las entidades públicas, bancarias y el comando de la policía.

La convencí de caminar un poco bajo el inclemente sol de su tierra adoptiva a tan solo 125 msnm, unas cuadras abajo el alboroto de la gente, motos de policía y un carro fúnebre daban inicio al chisme del día en la ciudad. Alguien había muerto, pero de manera natural, de edad, de sabiduría, de tiempo vivido como siempre debiera ser. Blanca me pidió que la acompañara a su rutina diaria de salud en la casa de Martica, la vendedora de productos de Herbalife, quien me recibió con fruta y le fue dando una serie de bebidas con intervalos de 30 minutos, tomándonos cerca de dos horas el desayuno saludable, algo impensable para quienes viven en las grandes ciudades donde el que manda es el reloj.

Un poco antes del mediodía llego a la casa Ramón Odilio Gutiérrez, el ferviente gestor cultural de la ciudad a través de su emisora y canal de Youtube, con quien había hablado telefónicamente en varias ocasiones para pedirle información sobre su ciudad. Se identificó como un Guate, palabra usada por los raizales para identificar a los araucanos de adopción y me compartió la historia de los primeros Musiú (extranjeros blancos) en la ciudad.

Caminamos de regreso al centro en busca de Carlos y Ana María su hija para ir a almorzar. A unas cuantas casas de su sitio de trabajo en un restaurante típico Araucano, un grupo llanero pregonaba un poema digno de la temperatura del mediodía, “Hoy que te vuelvo a mirar, laguna vieja, vengo a pedirte un favor, quiero bañarme en tus aguas, me está matando el calor”. Y efectivamente así era. Esperamos un rato a que bajara la temperatura en casa de Blanca, Ana María me dio las indicaciones del hotel Las Tres Palmas donde podría hospedarme. Así que salí en busca de orientación sobre la ruta libertadora en los entes gubernamentales y culturales de la ciudad sin lograr ayuda alguna, se estaban preparando para la celebración del bicentenario y nadie tenía hechos históricos acerca de él. Con algo de frustración fui al hotel a separar habitación para dos días y luego a buscar mi anhelado paquete el cual demoró cuatro días en llegar por derrumbes en la vía, teniendo que tomar la ruta larga por Tame.

La noche se tomó Arauca y con ella una agradable temperatura que hacía que sus pobladores salieran a departir a los parques y sitios históricos de la ciudad. Mi sorpresa nocturna estuvo dada por la aparición sorpresiva y poco perceptible de un comando jungla del ejército nacional camuflado color arena en la plaza donde comíamos en Arauca. La gente completamente acostumbrada a su presencia no reparo en ellos y siguieron con sus actividades de viernes en la noche. Carlos me presentó a Osbert Lancaster, el dueño de la panadería Trigo Pan, un entusiasta de la bicicleta y patrocinador de mis consabidas Ponymaltas. Osbert a su vez, llamo telefónicamente a sus compañeros ciclistas contándoles nuestro propósito y me invito a hacer la salida organizada el domingo por la tienda Bikecenter de su amigo Julián a las seis de la mañana con acompañamiento policial y de la defensa civil. Nuestra partida no podría ser mejor, Nelson venia en camino saliendo de la terminal de Bogotá junto a sus mujeres, así que lo llame para informar sobre los avances de nuestro periplo.

 

El profe Sabogal

El sábado muy de mañana salimos a caminar junto a Carlos y Blanca en busca de la casa del profe Alberto Sabogal, un recio hombre de Fusagasugá, pero más llanero que cualquiera, respirando a Bolívar por cada uno de sus poros y escupiendo saliva impregnada de chimó, con toda la sabiduría y logística de quien ha realizado en tres ocasiones la caminata, la primera 37 años atrás y este año iba por su cuarta con un estimado de 77 días. Fundador de uno de los colegios en Arauca y de la emisora la Voz del Cinaruco. Me obsequio su periódico El Bicentenario con el más bello resumen de toda la campaña libertadora. Era imposible parar de hablar con él, le mostré nuestra ruta y me hizo un par de sugerencias para cambiarla las cuales corroboraríamos en la tarde en una nueva charla cuando llegara Nelson. Me entrego teléfonos de sus contactos en los pueblos por donde pasaríamos, e indicaciones de desvíos de ruta para poder optimizar nuestro tiempo en la travesía.

 

El primer lancero caído

Nelson, María Johana y Laura llegaron hacia el mediodía después de unas doce horas de flota climatizada al agobiante calor del momento. Nos encontramos en el hotel y fuimos rápidamente a un asadero de pollo a un par de cuadras, debíamos cumplir una cita en el almacén de Julián para ajustar los frenos de la bicicleta de María Johana. Julián nos obsequió el servicio y un tarro de aceite para la travesía.

Un par de horas más tarde y luego de unas cuantas fotos en Arauca, Laura recibió una llamada sobre un trabajo fotográfico de improvisto en Santander, debía regresar de inmediato sin acabar de digerir el pollo del almuerzo. Llame a don Orlando Bulla el mototaxista que me había ayudado con mi bicicleta para que auxiliara a Laura y la llevara de regreso al terminal, muy a las siete pm la recogió en el hotel terminando así su intento libertador.

 

Perdidos en la Historia

Bolívar inició la ruta libertadora el 23 de mayo de 1819 en la aldea de los 70 con 2.500 hombres venezolanos. Pasó el río Arauca el 4 de junio con sus tropas venezolanas a territorio colombiano a pelear por nuestra libertad. 200 años después Arauca es otra Colombia, donde se vive con la incertidumbre de un vecino indeciso y terco que hace migrar a su pueblo a enfrentarse a una realidad diferente donde el rebusque prima sobre la formalidad. Nuestros vecinos “amigos” están pasando a Colombia para tratar de sobrevivir a una nefasta realidad, pero ya no los consideramos hermanos de lucha sino problema social.

Decidimos ir un poco hacia la frontera colombo-venezolana sobre la ribera del Arauca vibrador, donde por obvias razones políticas estaba prohibido el paso a colombianos por el puente. Era impensable arrancar la travesía desde el punto de partida original, teniendo que conformarnos con la salida desde Arauca.  Sobre el río se movilizaba constantemente la guardia venezolana en sus lanchas rápidas apuntando ofensivamente sus metralletas hacia nuestra costa. Los únicos que pasan por el río son venezolanos en chalupas venezolanas, llevando comida, mercancías y pasajeros venezolanos hacia el Amparo población vecina al otro lado del río. La zozobra diaria del cambio monetario los atormenta, las negociaciones con bolívares son impensables, el dólar es lo único estable en la frontera, obligando a nuestros hermanos a tomar la decisión de caminar para atravesar Colombia hacia Perú o quedarse en el camino en cualquier poblado para subsistir el día a día.

 

La partida libertadora

El día inicial había llegado, seis de la mañana en la bicicleteria de Julián, algo más de cien ciclistas, ejercicios de estiramiento, últimas recomendaciones de ruta, información de puntos de hidratación y a rodar por carretera plana, caliente y pavimentada rumbo a Puente Lipa. Nos quedamos atrás para no entorpecer del desarrollo de la jornada con nuestras constantes paradas a tomar fotos del paisaje sabanero y su Fauna.

El llano terreno de la sabana tiene solo dos estaciones, el abundante invierno que inunda toda la llanura haciéndola un lodazal gigante y el intenso verano que hace se resquebraje el suelo y muera gran cantidad de animales de sed. Los kilómetros iniciales los realicé con un poco de peso extra gracias a la incredulidad de los compañeros de Karen una de las socorristas de la Cruz Roja, quienes sorprendidos por nuestra aventura decidieron obsequiarnos un paquete de ayuda humanitaria con sardinas, atún, salchichas, bocadillos, agua y barras de granola que supimos aprovechar al máximo. Osbert muy amablemente decidió acompañarnos hasta Panamá de Arauca donde nos invitó a almorzar mientras lo recogía su esposa hacia las dos de la tarde. Debíamos continuar un par de horas más hasta Pueblo Nuevo donde pasaríamos la primera noche.

Infortunadamente la tensa calma de la zona hace que los paisajes cercanos a las trincheras militares sean infotografiables por órdenes superiores. Sobre el puente del río Ele estaba la trinchera del comando de la policía, uno de los uniformados recibía una encomienda de comestibles y productos de aseo de un mensajero en moto. Le pregunté al oficial en el puente sobre el caso y me dijo estaban atrincherados a la entrada y salida del pueblo, además con barricadas de control para los usuarios de la vía, pero tenían prohibido entrar al pueblo por razones de seguridad.

Atravesamos la barricada y con algo de incertidumbre llegamos a Pueblo Nuevo, una bulliciosa población reubicada por inundaciones anteriores en un sitio donde se congregan los habitantes de los poblados vecinos a hacer su intercambio comercial dominical. Pueblo Nuevo es largo, con una sola calle comercial atestada por ambos lados de venta de todo tipo de mercancías, enseres, herramientas y alimentos sin presencia policial o militar.  Ante la displicente atención a un foráneo en el primer intento de hotel continuamos hacia el centro del pueblo encontrando la posada de conductores y comerciantes El Sazón de Sonia, atendida por santandereanos y el ofrecimiento de una cómoda habitación sin baño de 2.50 x 2.50 metros.

Mientras esperábamos la comida sentados afuera en la posada, se nos acercó un venezolano, Elías Parada (alias Pedro, pues así se me presento inicialmente) con 18 años duplicados en apariencia por las arrugas y el tostado color de su rostro por los años de ajetreo comercial, quien después de tres años de contrabandear productos entre Colombia y Venezuela decidió quedarse en nuestro país y trabajar para un jefe mayorista quien le da vidrios para Smartphone bajo comisión de ventas. Después de mucho insistir y ayudarle a regatear a María Johana, logró venderle uno por unos cuantos pesos y un par de jugos de guanábana para él y su hermano.  Así como ellos decenas de insistentes vendedores como en un pequeño mercado persa, exhibiendo sus productos metro a metro buscando arañar cualquier posible ganancia que asegure la subsistencia del día. Calzones, relojes, medias, correas y perfumes de precios susurrados al oído de Nelson para que no se espantaran los posibles interesados.

 

La batalla en Santo Domingo

Sin necesidad de despertador los compañeros de posada comenzaron su faena de alistamiento desde las cuatro de la mañana, desayunamos algo rápido en uno de los puestos de empanadas atendido por una niña de escasos trece años, que estaba mandando con sus compañeros las tareas al colegio al no poder asistir por atender el puesto de su madre enferma.

Después de unas cuantas aves, vacas y paisajes a unos cuántos kilómetros de la salida del pueblo, fuimos alcanzados por un vigía en moto, quien después de hacernos un escaneo completo y preguntar sobre nuestra procedencia y destino paso a tomarnos una fotografía y creemos así poder vislumbrar dentro de su entrenamiento que no éramos peligrosos, nos informó sobre la presencia de un Guibó sobre la carretera.

Paramos a hacerle unas cuantas tomas, pero ante la vulnerable posición sobre la carretera decidimos moverla hacia el potrero de la finca aledaña. El dueño del predio al percatarse de lo que hicimos se nos acercó y sugirió que la depositáramos en el pozo de su finca, pues según la creencia ellas llaman el agua. Al preguntarle si quería tomarla por la cabeza o cola rápidamente respondió “por la cola”, pero su nerviosismo no mostraba que estuviera muy a gusto tomando el reptil. Infortunadamente estaba lastimada, trate de introducir la pequeña porción de musculo que se asomaba por el costado, pero el dolor del reptil era reflejado en la constricción sobre mi brazo, decidimos simplemente liberarla y esperar que la sabia naturaleza le diera su oportunidad.

Despinchamos en la tienda La Palestina frente a la finca y luego de unas horas de pedaleo llegamos al antiguo Hato Santo Domingo donde descanso Bolívar de los zancudos e inundaciones de la sabana a su paso inicial desde Arauca. Hoy está afligida población tiene pocos habitantes y muchos predios abandonados. Fueron víctimas de la guerra y el desplazamiento voluntario después de haber sido bombardeados por la fuerza Aérea el 13 de diciembre de 1998 matando a siete niños y once adultos. Don Víctor Palomino, antiguo aserrador de la sabana y dueño del camión donde cayó la bomba, nos relató entre empanadas y refresco la dolorosa historia de su pueblo adoptivo, donde después de un largo y penoso proceso, los militares se disculparon por el error cometido pudiendo erigir un monumento en honor a las víctimas.

 

Cuidado con los Guahibos

El olvidado José Inocencio Chincá, era Guahibo, escogido por Bolívar por su arrojo y uno de los 14 lanceros protagonistas de la victoria en el pantano de Vargas, matando al español Ramón Bedoya. Pero la valentía de antaño de estos indígenas hoy esta transformada en una latente precaución. Durante todo el recorrido tuvimos recomendaciones de cautela ante la comunidad indígena Guahiba, de no pararles y estar siempre en grupo al paso frente a sus resguardos. Desafortunadamente así tuvimos que hacerlo, pues se veían grupos de ellos armados con arcos y flechas caminando a la orilla del camino, algunos con animales recién cazados y otros en grupos más numerosos cerca al resguardo apostados simplemente sobre la carretera.

Al llegar a Betoyes Llamamos a David el presidente de la junta de acción comunal, quien nos introdujo en una reunión zonal de directores de colegio y entre ellos el director de los últimos 19 años del colegio indígena Betoy Edgar Alberto Erazo, quien me llevo a conocer el suyo. Profesores indígenas para indígenas tratando el tema de la etnoeducación con el fin de preservar sus ancestrales orígenes sin marginarse de algunas cosas de los colonos. Les dan alimentación y albergue a unos cuantos de ellos que viven en resguardos alejados con el fin de inculcarles otras posibilidades de formación. Los juguetes de las indígenas son sus hermanitos y lo que aspiran es a ser madres pronto, así que tratan de instruir a los alumnos dentro del respeto y conservación de sus tradiciones qué hay otras posibilidades y no solo la de procrear familia desde los doce o trece años de edad cuando las niñas tienen su primera mancha de sangre íntima indicándoles que ya están disponibles para fecundar la tierra y que puedan ver una alternativa adicional a la maternidad como dicta su cultura.

En la institución Betoy los profesores tratan de instruir a los miembros de su comunidad en el respeto de la propiedad ajena con la incongruente realidad que todas esas selvas que eran baldías, luego aserradas para ser convertidas en terrenos poco fértiles y así poder ser titularizadas a los colonos eran ajenas.  La comunidad indígena de la zona es recolectora, dentro de su herencia ancestral está el tomar de la tierra lo que necesita, más no trabajar en ella.  Al llegar los colonizadores a etas tierras y cortar todos los árboles maderables la desaparición de los animales y frutos de la madre tierra fue latente, fueron haciéndose cada día más difíciles de obtener haciéndolos caminar cada día mas lejos. Con el paso del tiempo los Guaibos terminaron   confinados en pequeñas zonas mal llamadas resguardos indígenas, donde no tienen sustentabilidad ancestral pues dependen de las ayudas económicas que entrega el gobierno. El gobierno les da de todo a los indígenas y ellos lo venden, con esos pequeños papeles rectangulares y círculos de metal que reciben saben que pueden intercambiarlos por algo de comida y mucho alcohol. Los Indígenas cambiaron su estilo de vida y algunos están dedicados a actos delictivos por su adicción al alcohol y las drogas de la mala civilización. Cuando no llegan las ayudas a tiempo es cuando deciden ir a buscar de la manera fácil como recolectar más papelitos rectangulares quitándoselos a los transeúntes atacando vehículos y tomando cosas de las fincas aledañas.

David nos invitó a hablar con Charte (Francisco) sobre la historia de su pueblo a través del conflicto armado. El como la mayoría de colonos fue aserrador de Cedro macho y Tolua. Nos contó que el próspero Betoyes llego a albergar 3000 habitantes, que siempre convivieron en la zozobra de los conflictos de las FARC y el ELN, hasta que entraron los grupos paramilitares del bloque Vencedores del Arauca, las masacres masivas y el posterior desplazamiento. El decidió regresar a su pueblo abandonado junto con unos pocos amigos y tratar de reconstruirlo. Hoy no cuentan con agua potable ni alcantarillado. Los colonos no han podido escriturar sus tierras civilizadas (léase potreros sin árboles para ganado o cultivos) pues la única oficina queda en Villavicencio, muy lejos y costoso para los propietarios, pero existe una dualidad legal en su proceso y es que los Guahibos estuvieron primero que los colonos en esas tierras, reclamando también su derecho ancestral a ellas.   

 

Lanceros al Guata

Hacia las tres de la tarde llegaron los ciclistas convocados por David para acompañarnos por la ruta original hacia Tame, extrañábamos las vías en tierra, con paisaje, fincas, animales, mangos por doquier. Después de tratar de auxiliar a una vaca enterrada en la ribera del río, nuestro guía zonal Herlin nos llevó hacia la parte más desplayada del río Guata para realizar el paso. El río estaba bajo y con poca agua, en unas condiciones muy disímiles a las vistas en los monumentos de los lanceros con el agua al cuello en sus caballos pasando ríos. Nos descalzamos y empezamos a pasarlo lentamente. La culminación perfecta del día fue la visita a la finca de don Helio Torres y Tilsia su esposa llamada La Primera en la vereda rincón Hondo de Tame. Donde este humilde hombre quiere devolverle a la naturaleza lo que algún día le quito y establecer en su tierra un centro de reproducción de fauna silvestre para entregarle a la llanura y al río unos cuantos animales más.

 

Tame cuna de la Libertad

No queríamos partir de la finca de don Helio, pero nuestros compañeros debían dejarnos en Tame y regresar de noche a Betoyes, así que aligeramos el paso y nos llevaron a la posada Santa Ana de un amigo de estudio de David. Los invitamos a comer rápidamente para que emprendieran la jornada de hora y media de regreso por la ruta pavimentada con linternas.

Decidimos descansar un día para buscar a Pablo Enrique Díaz Sierra (Parrique) el encargado de la oficina de celebración del bicentenario y autor de la canción oficial para la ceremonia, quien nos atendió en su sitio de trabajo para explicarnos la importancia de su ciudad como bastión de la libertad. Bolívar paso siete días en Tame recuperándose en esta hermosa tierra situada en una pequeña meseta sobre la sabana y reuniendo ejércitos, Santander le entrego cuatro batallones debidamente organizados, 600 jinetes y 1600 infantes. El 14 junio la comunidad Tameña le brindó un agasajo a Bolívar y en su emotivo discurso final agradeció a Santander por la entrega de sus ejércitos y a la ayuda de venezolanos e ingleses en la lucha, terminando con su inolvidable frase, ¡Granadinos…! El día de la América ha llegado. Brindemos por el éxito de nuestra empresa libertadora y por ésta tierra generosa que, merece apellidarse con justicia “Cuna de la libertad”.

Los orgullosos Tameños estaban vistiendo de gala la ciudad, la alcaldía había puesto en marcha el concurso infantil de murales con temática del bicentenario y  contratistas acicalando sus monumentos  pues deben estar listos para el gran homenaje a José Inocencio Chincá el 14 de junio de 2019. La relajada tarde se la dedicamos al río Tame, a unos cuantos kilómetros de la cabecera municipal. Sus cristalinas aguas servían para que decenas de venezolanos se asearan diariamente, mientras decidían su destino. En el río conocí a Dumar, un bondadoso hombre con kilos de amistad, experto en artes culinarias y también ciclista de fondo. Hablamos por horas junto a su señora Zinda, de la vida, de proyectos, de sueños y realidades mientras espantábamos peces mordelones. Muy amablemente nos invitaron a comer a su negocio Hamburguesas de mi pueblo con la luz apagada, pues era su día libre. Media deliciosa hamburguesa después prendieron momentáneamente la luz para unas fotos de Nelson, un carro se estacionó frente al local y de él se bajó un niño de unos ocho años a reclamar una hamburguesa por ser su cumpleaños. Un poco desconsolado solo pudo recibir el abrazo de Zinda y la promesa de recogerla al día siguiente. Este ameno rato fue la mejor despedida que pudimos tener del departamento de Arauca y su gente, dejando en vilo la promesa de regresar algún día, y por qué no, también en día de cumpleaños.

Sin fotos