Escala en Tacamocho

Nuestra cara reflejaba la felicidad que sentíamos por continuar la travesía, desde las seis de la mañana la normalidad había retornado al Banco Magdalena. La estridente música en los locales junto al muelle y el despacho de botes era la señal que esperábamos. Andrés Josua nos ayudó a bajar los kayaks por el balcón del hotel, los acomodamos en uno de los espacios del muelle y empezamos a cargar ante la atónita mirada de los pasajeros que veían cuanta carga podíamos acomodar en los diminutos cayucos inflables.

Reactivando el viaje. Colombia 2018

 

Tras dos horas de paleo paramos en una isla a estirar y revisar la presión del kayak sencillo. El parche había funcionado. Al mediodía arribamos a La Ribona, un pequeño caserío en el margen izquierdo del río donde nos detuvimos a buscar bebidas frías. Mike comenzaba a sentir molestias en su oído derecho, lo tenía inflamado y tapado. Mientras nos hidratábamos, Clare le aplico unas gotas antinflamatorias. Hacia las tres de la tarde pasamos por Los Negritos al otro lado del río donde estaban festejando el carnaval, decidimos evitar entrar al pueblo por la estridente música que se escuchaba en las casetas. Era una guerra de “picós” (Los gigantescos parlantes saca quicio), que se escuchaba desde la mitad del río. Quisimos pasar de largo pero una gran multitud de niños incluyendo a los reyes del carnaval, salieron a recibirnos en el improvisado desembarcadero de lanchas sobre un impresionante lodazal. Después de unas cuantas fotos y de rechazar la reiterada invitación de quedarnos a carnavalear continuamos nuestra ruta en contra del viento del norte, que empezó a soplar y nuestra velocidad a disminuir.

Insolados

Debíamos parar a hidratarnos, estábamos remando bajo el inclemente sol desde la nueve de la mañana, lo mes cercano según las cartas de navegación de Clare era La Cantera. Buscamos la única tienda del poblado y le preguntamos a Mileidis sobre la posibilidad de quedarnos allí y ella sugirió que continuáramos hasta Guamal, un poblado más grande con mejores posibilidades de comida y hospedaje.

Los pocos kilómetros que faltaban se hicieron interminables, nuestro avance por el viento se dificultaba, pero no teníamos opción debíamos llegar al poblado. Sobre las seis de la tarde pudimos divisar la antena de comunicación, más tarde el tanque de agua y por fin el pueblo. La carrera fue contra reloj, preguntamos por hotel más cercano que estaba a ocho cuadras de la iglesia, Mike se quedó cuidando el equipo y junto a Clare fuimos a mirar las habitaciones de hotel. Clare regresó al río a sacar los kayaks y el equipo completamente a oscuras. El único motocarguero disponible a esa hora era el de la ferretería, a seis cuadras más arriba junto a la estación de servicio de combustible. Luis Ricardo era el conductor, quien me indicó que debía negociar con su patrón un paisa que estaba tomando cerveza en la tienda de abarrotes. El hombre accedió a hacernos el favor y partimos hacia el río con Luis Ricardo, quien nos colaboró a llevar los kayaks al parqueadero a un kilómetro del río, cargar nuestro equipo y transportarnos de regreso al hotel. La agotadora jornada de nueve horas hizo que durmiéramos plácidamente.

Las campanas de la iglesia de Guamal hacían el llamado para los feligreses a misa de seis de la mañana, era miércoles de ceniza. Salimos a recorrer las calles principales del pueblo, pero el comercio estaba cerrado, los pobladores estaban en la iglesia y la ceremonia terminaba a las siete. Esperamos pacientemente en los alrededores. Terminado el servicio religioso la gente se fue a sus trabajos con la cruz en su frente, incluyendo a los del servicio médico del centro de salud. Fuimos a solicitar la revisión del oído de Mike, el dictamen, taponamiento absoluto. Compramos la glicerina carbonatada recomendada por el doctor, ideal para diluir el tapón y un antibiótico. Mientras desayunábamos la aplicamos en su oído y Mike esperó los quince minutos recomendados con la cabeza inclinada sobre su hombro izquierdo.

 

La entrevista

Ante el esfuerzo del día anterior decidimos tomarla con calma y programarnos para llegar temprano a San Sebastián de Buenavista, justo antes de Mompox, una corta jornada de 21 kilómetros. Terminamos de guardar nuestro equipo y fui en busca de un mototaxista para repetir el trayecto de la noche anterior pero esta vez en sentido contrario, hasta el río y con luz día. Emel nos colaboró a sacar los kayaks del parqueadero y a llevarlos al río, luego a ayudarnos con las maletas y se estuvo con nosotros hasta que estuvimos listos para continuar. Partimos pasadas las nueve de la mañana. Paleamos hasta San Fernando al lado izquierdo del río, era mediodía y queríamos evitar el fuerte sol. La tienda estaba muy lejos del sitio donde desembarcaban los pasajeros y las motos de las canoas, así que decidí regresar a cuidar los kayaks, mientras Mike y Clare buscaban las bebidas. Media hora después estábamos de regreso paleando en el río. Según los expertos chaluperos tardaríamos máximo una hora más en llegar al pueblo.

EL HOTEL IMPERIAL, estaba justo cruzando el muro del río en San Sebastián de Buenavista. Dejamos nuestras cosas y nos cambiamos para hacer nuestra acostumbrada visita a la casa de la cultura de los municipios (donde las hay). Janet -la bibliotecaria- nos atendió amablemente, nos hizo un pequeño tour por su sitio de trabajo, pero nos insistió en que buscáramos al director de la emisora comunitaria, quien según ella era la persona indicada para contarnos de su terruño, dándonos las indicaciones para buscarlo. Mike continuaba incómodo con su oído y decidió regresar al hotel para aplicarse más glicerina. Caminamos según las indicaciones por algunas calles en construcción, hasta encontrar la única casa de dos pisos en ese sector del barrio. Fernando Veleño nos hizo seguir a su casa, le pareció interesante el compartir nuestra historia de viaje, le dijo a su esposa que prendiera el aire acondicionado del estudio, nos invitó a pasar a conocer los equipos de su emisora MANANTIAL 103.7 FM e inmediatamente tomo el micrófono, puso el interruptor en ON y comenzó a preguntar “al aire” sobre nuestra aventura.

La placida entrevista duró una hora. Fernando compartió con su audiencia y nosotros datos relevantes de su municipio, la importancia de su economía agrícola y pesquera, de ser la tierra del Chande y su gran festival de cantaoras, de su fundación el 20 de enero de 1748 como San Sebastián de Menchiquejo en honor a los españoles y al Cacique Menchiquejo, un indio Chimila asentado en ese territorio. De la apropiación por equivocación del Buenavista del municipio vecino Santa Ana, para así cambiar su nombre al actual y por último de la valiente Ana Labarrera, que fue capaz de proteger el busto de Jorge Eliecer Gaitán, quitándolo de su pedestal en 1950 para evitar que fuera dinamitado por la guerra entre liberales y conservadores para mantenerlo protegido enterrado en el patio de su casa por doce años. Fernando insistió vehementemente en que no podíamos dejar su municipio sin desayunar como la mayoría de sus coterráneos con yuca cocida y suero.

 

Fuerte y claro

Mientras organizábamos el equipo para partir en la mañana, le solicitamos a la propietaria de la caseta nuestro recomendado desayuno típico. La tendera nos sirvió tres generosas porciones de yuca con yuca, un plato con suero y limonada con hielo. Mike seguía fastidiado con su oído. Partimos rumbo a Mompox a una hora de allí a buscar el hospital. Dejamos los Kayaks en el moderno muelle y mientras hacía algunas reparaciones, Mike y Clare se fueron al centro médico. Cuarenta minutos después regresó Clare a decirme que a Mike no lo habían atendido.

Fui a buscarlo al Hospital Local Santa María de Mompox y pregunté en recepción cual era el problema. No sabían cómo ingresarlo por su condición de extranjero con su seguro médico, pregunté que si teníamos otra opción y el medico anestesiólogo que lo revisaba quien estaba practicando su inglés con Mike, me dio una lista para que comprara los materiales para hacer el lavado. Diez minutos después estaba de regreso con los suministros médicos en el hospital. El medico nos llevó atravesando el atestado hospital con pacientes a la última sala de la edificación, la de atención de maternas donde realizo profesionalmente el procedimiento. Mike esbozó una gran sonrisa, el gigantesco tapón había salido.  Susurre a su oído: –¿Mike can you hear me?, a lo que contesto: -Fuerte y Claro. Pregunta y respuesta que se repetirían reiteradamente durante el resto de la travesía en el río.

La parada de hidratación. La realizamos en San Zenón, un pequeño poblado de polvorientas calles en el margen derecho del río. La tendera nos comentó que Santa Ana era más grande y que tenía un zoológico. Continuamos remando hasta ver el puente sobre el río y parar justo bajo su sombra. El militar que cuidaba la estructura, se acercó de inmediato y se tranquilizó al oír el hablar enredado de los gringos. Descartó que fueran miembros del ELN y nos explicó que el pueblo estaba retirado y vigilado. Un amable ornamentador y chef de cocina, Raúl Barrios, nos prestó su sitio de trabajo para guardar los Kayaks con la condición de que los sacáramos a las siete de la mañana antes de iniciar a trabajar. Caminamos rumbo al final del puente y tomamos un moto taxi para tres en busca del hotel PUERTA DEL SOL.

Clare estaba con energía de sobra. Después de una ducha y un breve descanso salimos en busca del Zoológico. Caminamos cuatro Kilómetros atravesando Santa Ana por su vía principal hasta el desteñido letrero de una finca que tenía un numero celular y al otro lado de la línea a un dueño que no le interesaba mostrar sus animales. Tomamos frustrados el camino de regreso en moto taxi, sin tener la oportunidad de ver algo de fauna de la región, solo al otro lado de la calle un hombre pelando diestramente un cerdo para convertirlo en chicharrón.

Desde el hotel se podía ver el puente donde teníamos los kayaks, a la mañana siguiente decidimos ir caminando para buscarlos, comprar agua y encontrar donde desayunar. Había una caseta con mucha gente comprando los fritos para el desayuno. Cholita, su propietario atendía rápidamente a todos sus compradores con un gran surtido de todo a mil y dos por mil. Empanadas, buñuelos, deditos de queso, arepas, papas rellenas y avena helada, probamos de todo y cuando estuvimos satisfechos pagamos la pequeña cuenta del menú costeño.

Raúl estaba esperándonos con paciencia en su taller, sabía que, si empezaba a soldar el metal de sus trabajos, las chispas dañarían los Kayaks. Llevamos las embarcaciones nuevamente hasta el puente y empezamos a remar un poco antes de las ocho de la mañana, haciendo la primera parada de hidratación en el Porvenir, un pequeño pueblo lechero de Bolívar, al lado izquierdo del río donde después de socializar un poco con sus habitantes tuvimos un gran comité de despedida. Queríamos llegar a Tacamocho, así que realizamos la segunda parada de hidratación y preguntas en Pinto Magdalena, un pueblo más grande al otro lado del río donde corroboraron que estábamos cerca a nuestro destino.

 

Una realidad llamada Tacamocho

Los pescadores en la playa descansaban en su troja (refugio de palma). Poco a poco nos fuimos acercando, para romper el hielo les pregunté: – ¿Cuántos gringos viven en el pueblo?, uno de ellos contestó: – Dos, esos dos-, refiriéndose a Mike y Clare que venían caminando hacia la sombra. Eran nueve pescadores esperando turno de pesca, y tres en el río. Dos por canoa y uno en tierra para recoger el trasmallo. En un acuerdo civilizado, como de pico y placa pesquero, tenían cuarenta minutos para hacer la ronda, después entraba el siguiente grupo a realizar su faena. Pregunté quien hablaba inglés y de inmediato se refirieron al profe Julio el que estaba en el turno de pesca en el río. El grupo que seguía llevaba esperando tres turnos de pesca, completaban entonces dos horas bajo la sombra del techo de paja.

Al llegar el profe Julio todos lo querían escuchar hablar con Mike, pero el tímido hombre solo esbozó unas cuantas palabras ante la burla del grupo de pesca. Traía en su canoa un par de doncellas, dos bocachicos, un blanquillo pequeño y un coroncoro. Al preguntarle al profe por tanta espera para pescar, nos señaló con algo de tristeza el producto de su esfuerzo después de cuarenta minutos y nos contó que, en la otra orilla en el pueblo estaban las otras cuatro canoas que tenían el turno de pesca al día siguiente. Ellos tenían que descansar día de por medio para que todos los grupos de pesca del pueblo pudieran llevar algo para sus familias.

Al preguntar por hospedaje en el pueblo, uno de ellos dijo que buscáramos a Teresa su esposa para que nos acomodara en su casa. Pasamos al otro lado del río, desembarcamos utilizando de plataforma la ambulancia fluvial del pueblo y nos dimos a la tarea de buscar a Teresa. Aparecieron varios voluntarios para llevarnos donde las Teresas del pueblo, pero una mujer se atravesó en la búsqueda y nos llevó casi que a empujones para su casa. Era doña Mireya Villa, una enérgica mujer mayor quien de inmediato puso a los nietos a colaborarnos con el equipaje y a organizar la casa de su hijo José para acomodarnos. Era una casa relativamente nueva, prefabricada sobre pilares de concreto, mando a conectar la manguera para llenar los tanques de agua y a limpiar un poco el desorden. Le pregunte a doña Mireya porque estaba desocupada la casa de su hijo y me conto con algo de tristeza que la mujer de su hijo lo había abandonado y para él era muy difícil vivir en la casa sin recordarla.

Doña Mireya me dijo que la comida la podía preparar una de sus nueras, pero que debía darle algo de dinero, le pregunté cuanto y sin dudarlo me dijo que $ 20.000   (7 dólares), era algo razonable pues el promedio que pagábamos por comida era de siete mil pesos por cada uno. Le entregue el dinero, nos bañamos a “totumadas” en el patio de la casa, le pregunte a doña Mireya por el sanitario y me dijo que casi ningún vecino tenia, que tocaba en el patio utilizando el cuñete (recipiente vacío de un gran balde de pintura de cinco galones) y tapando con tierra como los gatos.

Salimos a conocer el pueblo y a visitar la única venta de jugos en Tacamocho. Omaira nos atendió complacida en su casa, saco las frutas de su nevera y el infaltable hielo del cual Mike sabía que no debía preguntar con qué agua estaba hecho. Compramos un par de bolis a unas cuantas casas y nos dirigimos a las ruinas de la iglesia y lo que quedaba de las cuadras aledañas cerca al río, producto de las frecuentes inundaciones y la perdida de bancada. Los amables lugareños preguntaban insistentemente sobre la procedencia de los gringos y lo que hacíamos en su poblado. Contamos una vez más nuestra historia de viaje, nos dieron las indicaciones para llegar al colegio y hablamos con toda la gente que nos paraba, con el criador de gallos, el cazador de higuanas, el tejedor de atarrayas, repetimos jugo e hicimos parsimonia para esperar a que fuera más tarde para ir a comer.

Doña Mireya salió afanosamente a buscarnos junto con sus nietos. Eran las cinco de la tarde, la comida estaba lista, muy temprano para nuestro gusto, pero debíamos acatar su invitación. Nos acomodaron una mesa en el patio de la casa de su nuera Inés, sirvieron nuestro gran plato de arroz con una moderada porción de carne seca y algo de ensalada acompañada de jugo de tamarindo hecho con molinillo. Alrededor de la mesa y a prudente distancia toda la familia de Inés como espectadores observando como comían los gringos, haciendo chistes y departiendo. Al finalizar la comida pregunte a Inés por qué comían tan temprano, contestándome un poco entristecida – Aquí solo se come dos veces al día y lo que hay. Ante la contundente respuesta me quede un rato más en la casa y observe como poco a poco fueron pasando todos los miembros de la familia Villa a comer. Era el mismo plato que nos habían servido y mostraban su felicidad por comer algo de verduras y carne. Comprendí inmediatamente por qué doña Mireya salió a buscarnos al desembarcar en el río, era una oportunidad momentánea para su familia y que con el poco dinero que le había dado comimos doce personas.

De una casa vecina prestaron un ventilador para los gringos, sacaron el colchón de la habitación y abrieron la puerta que daba al patio para que fuera más fresco. Me acomode en el patio, bajo el techo de paja para evitar el calor. Hable con Inés para saber que necesitaba para la preparación del desayuno del siguiente día y con la cara que pone un niño cuando imagina un dulce, Inés me dijo: – “desearía un cartón de huevos”-.  Le entregue el dinero e inmediatamente anotó en una hoja de cuaderno lo que necesitaba y se lo dio a los nietos de doña Mireya quienes salieron emocionados a hacer la compra, diciéndole suavemente Cande a Yorkman:                   -Mañana comemos huevo.

Ese “desearia” de Inés, me quedo retumbando toda la noche en mi cabeza, pensando como en las ciudades la posibilidad de compra de alimentos está supeditada al capricho de lo que queremos consumir, muchas veces desperdiciando lo que no nos gusta o pagando escandalosos precios por sencillos alimentos en sitios suntuosos. La escena del desayuno fue similar a la de la comida del día anterior, los treinta huevos fueron revueltos en un gran caldero. Sirvieron las tres porciones de los visitantes y luego que nos levantamos de la mesa, se repartió equitativamente en platos para el resto de la familia. El vaticinio de Cande se cumplió, ella y Yorkman comieron huevo ese día.