Aclimatando en Santa Rosa

El solo comentario hecho por Octavio a Clare “Simití es muy bonito” fue suficiente para hacer una pequeña variación en el comienzo del viaje por el río Magdalena y conocer esta sorprendente región del sur de Bolívar, anteriormente vedada por razones de orden público y que hoy muestra a una Santa Rosa tranquila y próspera, con una sorprendente relación comercial con Santander.

Regresaré a buscar Sabaletas. Colombia 2018

 

 

Le había preguntado muchas veces a Rosita como llegar a su pueblo Santa Rosa Sur de Bolívar. Tenía las indicaciones para llegar por varias rutas, pero el viaje se pospuso por mucho tiempo. No fue hasta que decidimos descender en kayaks parte del río Magdalena que pudimos cuadrar el itinerario para poder salir desde la ciénaga de Simití a escasos veinte minutos en carro. Clare investigo e imprimió tres opciones de ruta con destino final Nueva Venecia el pueblo palafítico en la ciénaga grande del Magdalena.

Aligerando carga

La gran cantidad de equipo nos hizo tomar la decisión de enviar las maletas con los kayaks remesados hasta Simití y así tener la posibilidad de viajar un poco más ligeros. La primera parada la hicimos en la finca de mi padre cerca a Puerto Wilches donde dormimos una noche y madrugamos para dirigirnos al río. Compramos los tiquetes en Sotramagdalena, la empresa que se encarga de hacer los trasbordos en San Pablo, al otro lado del río. La espera en el muelle se vio recompensada con la rapidez de embarco en la lancha y la agilidad del conductor en acomodar toda la carga en la parte superior del bote de Fibra de vidrio.

Al observar la velocidad del río, comprendimos que habíamos tomado la mejor decisión al emprender el viaje desde la ciénaga y no enfrentarnos a la corriente del río sin conocer el desempeño de los kayaks y la distribución del equipo. Treinta minutos después estábamos tomando la buseta que nos llevaría a Santa rosa, donde acomodaron justamente maletas, equipajes, mercancía, pasajeros y unas cuantas cajas de pollitos recién nacidos remesados para las tiendas veterinarias del pueblo.

La llegada a Santa Rosa

Después de dos horas y media en la buseta por una vía que alternaba tramos pavimentados en excelente estado, con mega obras de tramos en plena construcción llegamos al municipio, con la grata sorpresa de su tamaño e imparable comercio. Santa Rosa no era lo que pensábamos, quedamos sorprendidos al ver su desarrollo dado por sectores agrícola, ganadero y minero. Rosita me dio las indicaciones para llegar al barrio donde tiene su casa y tienda de arte. Fuimos al parque a media cuadra de la oficina de transportes donde tratamos de tomar el primer taxi pero infortunadamente no le abrió la tapa del baúl. Jhon el siguiente de la fila, se ofreció a llevarnos en el suyo, con un amplio espacio para acomodar todas las cosas y adicionalmente me dio sus datos para transportarnos en un par de días a Simití.

Presenté a Mike y Clare con Emel y Rosita nuestros anfitriones, descargamos nuestras cosas y Emel inmediatamente se dispuso a darnos el tour caminado por el pueblo, pasando por la mayoría de sus barrios y la gran reserva forestal en medio del pueblo la cual se puede avistar desde el puente peatonal que la cruza. Buscamos los consabidos helados de palito cerca al aeropuerto junto a la base militar y luego nos reunimos para almorzar en el restaurante de la comadre de Rosita. Buscamos nuevamente helados como postre y fuimos a recorrer el sector comercial en busca de algunos insumos que nos faltaban para el viaje.

Rosita debía atender a sus alumnos del grupo de danzas, así que mientras se desocupaba para planear las actividades del día siguiente, Emel nos llevó a su centro de operaciones, La casa Lúdica, donde dicta clases de arte a los jóvenes del municipio. Entrada la tarde conocimos a Plin Plin (después de ver una de sus funciones), que era Miguel el Hermano de Rosita y Daniel su ayudante, un simpático y divertido joven que nos deleitó con sus dichos y aventuras caminando desde el departamento del Valle a Santa Rosa.

El plan para el día siguiente estaba definido, llevaríamos a los gringos a su primer asado en el río, coordinamos los detalles y Daniel se despidió diciendo su refrán “Con la boca y el dedo, se hace un buen macaneo”. Haciendo alusión a lo fácil que es dirigir pero no ejecutar. Rosita nos invitó a comer, compro tamales a un vendedor conocido que con megáfono promocionaba su producto en el barrio. Mike al comerlo quedo fascinado por su sabor y textura de la masa, diciendo que hasta ahora era el mejor que había probado en Colombia. La hora de acomodarnos en la casa había llegado y Rosita amablemente cedió su cama nupcial a los extranjeros, ella y Emel en la sala y yo me acomode en el taller.

Vida simple

Los domingos es el día de familia, y nada más fácil que compartir el paseo al río en tierra caliente. Mike quedo asombrado al ver que le alquilaron una moto sin dejar ningún documento o deposito por el préstamo. Compraron los insumos para el asado y con treinta minutos de preparación ya teníamos plan para el día. Rodamos por una polvorienta y empinada vía, donde tuve que bajarme y sostener a Mike para que no resbalara. Rosita dejo su moto en una finca cercana y llego a pie con los demás. Después de saludar a su familia que también estaba de paseo en el río, nos dirigimos por la quebrada el platanal hacia el sitio conocido como la hidroeléctrica.

Llegamos a un fabuloso pozo y mientras Rosita se dispuso a arreglar el fogón y la comida fuimos a pescar a bañarnos y a pasar un tranquilo día sin el afán de las ocupaciones diarias, a comer en hoja y con la mano, a saborear lo simple y básico que solo la vida en los pueblos puede dar. Después de un gran calentao y la infaltable cerveza de las seis pm de Mike, nos dispusimos a descansar, pues Rosita y Emel tenían que trabajar muy temprano el lunes.

Simití antiguo

Jhon llego muy puntual a las siete de la mañana, como habíamos acordado la noche anterior. Nos despedimos de nuestros amables anfitriones, con mi promesa de regresar a buscar unas sabaletas de sus quebradas. Jhon nos recomendó el hotel ANATULIA y después de escoger nuestras habitaciones me dirigí a recoger los botes de la oficina de Sotramagdalena. Guardamos nuestro equipo y fuimos a buscar a los gestores culturales de Simití para que nos contaran algo de su increíble pueblo fundado tres años antes que Bogotá la capital del país.

Lissy la directora del instituto de deporte nos puso en contacto con Marcelo quien nos contó la historia de su pueblo y de sus antecesores los indios Chimies quienes dieron el nombre de Simití al pueblo de abundantes aguas que también fue conocido como Puerto Cargadero y luego Puerto Libertad después de su independencia el 3 de mayo de 1811. De la devoción de sus pobladores a San Antonio de Padua y a la Virgen Original, una imagen pintada en un lienzo que según relatan no encontró acomodo y se movió por todo el pueblo a voluntad hasta que le construyeron la ermita y dejo de moverse. De su aparición ante Tomason el primer guerrillero en ver a la cabellona como amablemente la llaman sus pobladores.

Simití fue productor de caucho rustico, en la época que la gente solo confiaba en las monedas por su peso y no en el valor que representaban los billetes y mucho menos los cheques. Nilsson nos contó un par de simpáticas anécdotas, de cuando llegaron las primeras neveras a petróleo y alguien decidió empacar una cubeta con agua sólida en hojas de bijao y llevarla hasta su lejana vereda para increíblemente ver que el contenido había desaparecido. Y de los hombres que le tenían miedo a quemarse con la luz amarilla de las viejas linternas plateadas del tigre. De sus antiguas tradiciones de la colonia aún conservan una, la de los bautizos donde los padrinos van tirando dulces desde el altar de la iglesia hasta la casa del niño, solo que antes los españoles la hacían con monedas.

Salimos a conocer el parque el original y su ermita, y al caminar por la ciénaga casualmente terminamos en la casa de los familiares de David el periodista de eloriginal.co quien nos acogió amablemente y presentó a su ciénaga como el paraíso para los observadores de aves contando con más de 500 especies nativas y migratorias. Nos deleitó con las anécdotas del niño de la selva versión Simití y del inspector de policía Toño Gallego, que en la época de violencia decidió internarse en la selva y volverse ermitaño.

Probando equipo

Era hora de inflar los Kayaks, no habíamos tenido la oportunidad de probarlos y debíamos conocer su comportamiento en el agua. Cerca de las cuatro de la tarde salimos a recorrer las islas de la ciénaga de Simití decidiendo que nos intercambiaríamos diariamente el kayak sencillo en la travesía. La noche había llegado y con ella el expectante inicio de aventura al día siguiente después de desayuno.

Dianis nuestra chica del restaurante muy a las seis de la mañana nos atendió, dejando nuestro cuerpo listo para comenzar la incierta jornada que iniciaría con la mirada expectante de dos hermanos que hubieran deseado viajar con nosotros.

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