Promesa Cumplida

Me encontré con Don Enrique Pérez en el servicio fúnebre de la esposa de un amigo de mi padre, y ante las constantes preguntas de otros asistentes sobre mis jornadas de pesca, Don Enrique se involucró en la conversación y  me contó de cuando comía Sabaletas por los lados Antioquia capturadas por un familiar suyo, de lo difícil de su pesca, usando cañas largas, nylon imperceptible y muy sigilosos en el río.

Q.E.P.D. Colombia 2015

 

Don Enrique tenía muchos años sin probarlas  y le prometí que le traería unas frescas para que recordara su inconfundible sabor. Al capitán Pérez le brillaron sus ojos como saboreándolas de antemano y se despidió para recibir los saludos de otros amigos. Mis compañeros de charla con mucho respeto ante su avanzada edad me dijeron casi en coro “Pablo, a cumplirla rapidito”. No tenía planeado regresar a pescar tan pronto, pero ante el ofrecimiento de la promesa llame a mi primo para que fuéramos a pescar.

La iluminación decembrina aun persistía en la ciudad  reacia a terminar sus fiestas, con un leve tráfico de cinco de la mañana, alcancé a captar a Fernando bajándose del alimentador del Metrolinea (transporte masivo en Bucaramanga). Me ofreció torta española de papa  y Marina su madre sin desamparar a los pescadores como en la época del Tío, completó nuestro desayuno con un suculento caldo de verduras, nervios y ojo de buey. Esa sobrecarga calórica sería suficiente energía para el día de pesca en el Suratá.

El río estaba Lejiado, según palabras de mi primo, una especie de término medio entre  el acostumbrado color gris arena y la claridad del agua de la semana anterior. Cambiamos de sector pasando el balneario el Guayabito dejando el carro en la tienda de Don Fidel, 1.5 km arriba del tercer puente donde como siempre los amistosos canes esperaban husmear en los foráneos sus buenas intenciones. Caminamos un kilómetro más para tratar de pescar un  mayor trayecto hasta el puente. Descendimos al río y pescamos en los correntonales sin resultado alguno, hasta llegar a un sector muy prometedor donde encontramos grandes pozos y resacas pero sin pique. Un campesino de la zona venia pescando subiendo, muy desmotivado pues sus familiares habían hecho muy buena pesca en ese tramo, pero nos confirmó vehementemente  que ese día no estaban mordiendo las sabaletas.

Seguimos nuestro descenso hasta encontrar un gran correntonal  con desechos de platos de icopor y botellas pet de bebidas, indicio de la buena calidad del agua por el aumento de los paseos, pero la mala cultura de los paseantes desechando todo en el río. Metros más abajo un nuevo pozo con muchas posibilidades pero atestado de  envases de refresco. Intente persistentemente sin resultado alguno, pensando como pez y mirando hacia la superficie donde una serie de objetos extraños invadían mi morada decidiendo abandonarla para buscar otra sin  objetos intrusos.

Fernando estaba desilusionado, eran las diez de la mañana y después de tres horas no habíamos tenido pique alguno, capture una sabaleta pequeña y decidimos descansar un rato para comer bocadillo y limpiar la arena de nuestros zapatos. Nos seguíamos imaginando esos increíbles puestos de pesca en el Cáchira, fantaseando con lo diferente que seria y las cantidades de peces que tendríamos. Encontramos otro gran pozo con un turista disfrutando de su colchón inflable en un sube y baja constante apoyado con el amarre de un largo alambre. –Fernando, por fin. Exclame luego de capturar una sabaleta mediana en un correntonal pasos abajo y después de mediodía comenzó el tan esperado pique en las zonas bajas del río, como esperando comida después de una corta lluvia.

El pique mejoro considerablemente al igual que las capturas de mi primo, quien siempre ha tenido una mayor destreza sabaleteando. Al llegar a la zona de los balnearios le pedimos a un joven nos detuviera la caña mientras salvábamos el anzuelo de un pequeño enredo en el bajo caudal. Habíamos llegado al final de la jornada y decidimos arreglar los pocos peces capturados. Solo pude pescar tres para dárselas a Don Enrique y salimos del río atravesando el balneario donde un paseante ebrio nos cuestionaba sobre los resultados del día siendo provechoso en ejercicio espiritual y con malos resultados como faena de pesca. La caminata de regreso en busca del carro por la carretera fue tranquila, sin el congestionado tráfico hacia Bucaramanga percibido en la semana del puente festivo anterior. Nos despedimos de don Fidel, quien estaba ocupado jugando mini tejo y le contamos de la mala racha del día invitándonos a volver. Su perro se acercó  como en la mañana a olfatearnos pero con mayor familiaridad, al igual que su dueño.

Llame a la oficina de Don Enrique al día siguiente para tratar de entregárselas lo más frescas posibles, pero un paro de taxistas en la ciudad congestiono el tráfico y le fue imposible ir a su oficina. Debí congelarlas y esperar un  nuevo día para coordinar con su secretaria la entrega, que se pudo concretar hacia el final de la tarde cuando Don Enrique de regreso a su hogar paso a recogerlas y con gran agrado explicaba a sus acompañantes el importante significado de esos pequeños peces que no tienen precio por lo difícil de su captura y su añorado sabor.

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