La cueva de los Chilacos

San Juan Bosco de la Verde no estaba en nuestro itinerario de viaje, pero la contundente recomendación de los motociclistas usuarios de los caminos veredales en el Carmen de Chucuri, hizo que rápidamente dejáramos a un lado la ruta trazada y siguiéramos los sabios consejos de quienes día a día utilizan las trochas en nuestro departamento.

Sin arrepentimiento. Colombia 2017

 

Quería conocer la ruta a Santa Helena del Opón y la mejor opción en bicicleta era atravesar la cordillera,  bordeando la Serranía de los Yariguíes desde el Carmen de Chucuri, a donde llegamos  después de tomar el bus de Cotransmagdalena de cuatro de la mañana. Aunque hay línea de buses cada dos horas  hacia el Carmen, el de esa hora era el más espacioso, y podíamos ubicar las tres bicicletas sin necesidad de desarmarlas. Mientras esperábamos el desayuno, Salí a preguntar por la ruta trazada a los lugareños, quienes sin dudarlo un momento propusieron tomara el camino que a diario transitaban en sus motocicletas. Puerto Mechas, Puerto Amor, Islanda, Los Alpes, San Juan Bosco de la Verde.

Javier, un ciclista de bicicleta alquilada y trabajador de finca cacaotera, se ofreció a llevarnos hasta el desvío, no sin antes ofrecernos un recorrido por su pueblo natal. Descendimos unos tres kilómetros hasta el cruce señalado. Nos despedimos del amable Javier y como siempre fuimos preguntando a todas las personas que aparecían en el camino la indicación de la ruta. Tras unas tres horas de pedaleo y fotos, paramos en Islanda, buscamos la tienda en donde las preguntas a “los Gringos” no se hicieron esperar. Un señor que reparaba su motocicleta se acercó a nuestro lado y al preguntarle donde era mejor quedarnos a dormir dijo que en San Juan Bosco de la Verde. Nos dijo que lo buscáramos, que su tienda era la primera a la derecha pasando el río y que allí nos ayudaría. Pocho tomo su motocicleta y continuó el camino hasta su casa.

Al llegar a la vereda Los Alpes, un motociclista extrañado nos preguntó si estábamos perdidos, y al contarle nuestro destino solo atino a preguntar por qué en bicicleta, pues el estado de la vía después de San Juan Bosco de la Verde era lamentable y según el campesino, jamás había llegado nadie hasta allí en bicicleta. Nos causó inquietud  su aseveración y proseguimos en la búsqueda de la tienda de Pocho en el Pueblo. Según las indicaciones dadas, pasamos un par de puentes de madera en mal estado, dos quebradas y llegamos a la plaza principal del caserío, paramos en la tienda de nuestro amigo, quien inmediatamente nos invitó a seguir. Mientras tomábamos gaseosa, Pocho llamo a Yudith y le dijo que le preguntara a su madre por la disponibilidad de hospedaje.

Doña Betty, la madre de  Yudith, nos mostró las habitaciones de la casa de su hija mayor, contigua a la suya que era la destinada para huéspedes. Nos presentó a su esposo Rafael, sus nietos, su loro verde esmeralda y sus dos perros. La lluvia trastorno nuestro plan de salir a conocer el caserío, pero nos dedicamos a interactuar con los padres de doña Betty, Micaelina y don José Ángel.  Nuevamente sentimos el calor de hogar de muchas familias colombianas amables y desinteresadas dispuestas a colaborar a los viajeros. Idinael Carreño, el presidente de la junta de acción comunal se hizo presente, nos dio la bienvenida, nos contó de su padre uno de los primeros colonizadores, sobre la historia de su poblado y sobre la inevitable época de violencia con diferentes grupos, de todo tipo de verdes que sacudió a este y a muchos otros poblados del país.  Se ofreció a guiarnos al día siguiente hasta La cueva de los Chilacos, muy a las siete de la mañana para tratar de optimizar el día y seguir nuestro camino.

Departimos con don Rafael y su amable familia, muchas anécdotas de viaje y otras aventuras que hicieron que rápidamente nos integráramos. Doña Micaelina, encantada con Clare su contemporánea Canadiense, propuso hiciéramos el primer paseo de olla para “los gringos” al día siguiente. Doña Betty de inmediato pregunto a sus vecinos quien tenía una buena gallina y encargo a Yudith de buscar los demás ingredientes. El plan estaba estructurado y solo debíamos esperar el nuevo día, para ejecutarlo.

Amaneció lloviendo, y completamente nubado el caserío. Desayunamos en compañía de los nietos de don Rafael a la espera que las condiciones climáticas cambiaran. Solo hasta las Ocho de la mañana  pudimos salir a observar con don Rafael y sus perros la creciente del río, teniendo que posponer momentáneamente la salida. Aprovechamos para hablar con los habitantes del poblado en el parque principal y también con otro de los colonizadores, quien a punta de hacha y guarapo hace más de cincuenta años, tumbo árboles para despejar la zona, sacar madera y fundar San Juan Bosco de la Verde. El peso de sus años no había borrado su memoria, pero si una fuerte gripa lo tenía indispuesto para hablar.

Ante el mal tiempo, doña Betty mato la gallina y se dispuso a hacer el sancocho en casa. Don Rafael arreglo su huerta  y les enseñamos a jugar parques a Mike y Clare. El tiempo paso lentamente bajo la lluvia y hacia el mediodía doña Betty nos invitó a la mesa, a degustar esa dorada gallina de campo, que me imagino horas atrás había fotografiado y ahora estaba convertida en manjar. Decidimos en la mesa no posponer más la salida y con una leve llovizna prepararnos para la salida.

Buscamos las linternas, los pantalones largos y botas pantaneras prestadas para los invitados, obviamente no conseguí de mi talla y tuve que usar unas dos números más pequeñas. La caminata comenzó con doña Micaelina al frente pasando por entre  los cultivos de cacao y el crecido río. A la expedición se sumaron más habitantes del pueblo gustosos de mostrarnos su famosa cueva. Don José Ángel, provisto de lazo, nos ayudó en innumerables ocasiones a trepar por los pasos complicados sin desamparar a su amada Micaelina. Llegamos a la cascada y por su costado derecho, trepamos difícilmente hasta el gran salón donde se encontraba la entrada de la cueva.

Los habitantes nos guiaron hábilmente por toda clase de laberintos con suelo fangoso, guano de murciélago y túneles estrechos para poder llegar hasta el salón donde estaba la atracción principal “la mazorca”, una gigantesca formación de lodo y mineral que según nuestros guías ha aumentado de grosor con el tiempo. Nos dejamos guiar por innumerables pasajes en su interior, según decían se podía seguir por horas caminando hacia dentro, pero necesitábamos mejores linternas, así que una hora después estábamos fuera de la cueva para emprender el regreso. El lazo de don José Ángel nuevamente amarro a su Micaelina y la deslizo suavemente hasta sitio seguro. Baño colectivo en la cascada para quitarnos el lodo, algunos saltos y la infaltable foto de grupo. El regreso fue más benévolo con el caudal del rio disminuido y el aliciente de la espectacular cueva. Cambiamos nuestras ropas mojadas y salimos a recorrer nuevamente el pueblo y a hablar con su gente. Doña Micaelina regreso a alimentar sus gallinas y seguir hablando con Clare su nueva comadre, insistiendo en una nueva visita para poder comernos una criolla bien gordita pero en el río.

La charla de la noche, ya tenía tono de despedida, era inevitable el sentirnos cómodos en San Juan Bosco de la Verde y desconectados de la rutina de la ciudad, con la hospitalidad de la familia de don Rafael y doña Betty. Debíamos  partir al día siguiente, pues nos faltaban muchos días de travesía,  pero nos auguraban mucho lodo en la vía. Esperando que no lloviera en la noche para poder rodar sin contratiempos y con la promesa de un pronto regreso.

Sin fotos